Capítulo 2: La Oscuridad se Acerca
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Capítulo dos
La Oscuridad se Acerca
[Carta Mágica]
Descarta 2 cartas de tu mano. Selecciona 1 monstruo boca arriba y voltéalo boca abajo en la misma posición de batalla.
El heraldo estaba muerto, marcando el fin de otra etapa en su guerra eterna para impedir la destrucción del mundo. La Oscuridad Gentil regresó al lugar donde todo comenzó. El punto donde la tela de la nada se había rasgado por primera vez dando origen al todo. El núcleo exacto de su universo. Ese que, miles de años después, los cosmólogos teorizarían, era un agujero negro en donde la existencia había comenzado con una gran explosión.
Como sucedía cada vez que se enfrentaban, Luz y Oscuridad estaban demasiado débiles para continuar una confrontación directa. Durante los siguientes milenios, su influencia sobre el universo y sus dimensiones fue mínima. Sin un heraldo para controlar el poder de la Oscuridad Gentil. Y sin un avatar para ser la marioneta de la Luz de la Destrucción.
No significaba que su influencia fuera a desaparecer por completo. Seguiría habiendo seres que buscarían preservar la vida, así como otros que querrían acabar con ella. Siempre había sido así y eso no cambiaría pronto.
Así, en un estado semidespierto, la Oscuridad Gentil esperó a que su heraldo renaciera de nuevo para reanudar la guerra que había comenzado con su hermana desde el principio de todo.
El tiempo se desdibujó en su conciencia, como siempre hacía cada vez que debía volver al punto de partida.
Las eras pasaron. Recibió ecos lejanos de imágenes de lo que hacía su familia mortal escogida. De tanto en tanto, a través de esos ecos, vislumbró los cambios de la humanidad. Gracias a esos escasos nacimientos de descendientes que podrían haber sido un recipiente. Pero ninguno de ellos era Judai. Su esencia y el alma del heraldo estaban unidas de manera tal que ningún otro mortal podría soportar su poder. Ni siquiera una parte minúscula.
Los milenios pasaron. Poco a poco, la Luz de la Destrucción se fue haciendo más poderosa de nuevo. Su influencia creció en la Tierra, provocando que los humanos se lanzaran a guerras cada vez más sangrientas.
Y por fin, tras milenios de una separación casi completa, las dimensiones separadas volvieron a unirse. Las piezas comenzaron a encajar para que los antiguos rituales renacieran; esta vez mediante diversos juegos que allanaron el camino para lo que sería el Duelo de Monstruos.
El alma de Judai regresó al mundo. La Oscuridad Gentil estaba lista para unirse a él y guiarlo en la guerra que se avecinaba.
Pero, esta vez, hubo algo diferente.
Había dos niños en el vientre.
Reconoció el latido del corazón de Judai en uno de ellos. Tan vigoroso y lleno de energía. Podía sentir el brillo reconfortante de esa alma cálida que disfrutaba de la vida y los amigos con una despreocupación que no debería poder permitirse dada la carga que había sobre sus hombros.
El otro cuerpo, por el contrario, estaba vacío. Había un corazón que latía erráticamente dentro de él. Sin embargo, no había un alma allí. Podía sentir un pequeño rastro de lo que debió ser una. No obstante, eran solo jirones. Apenas el eco de algo que estuvo destinado a estar allí, pero que fue robado. Como si alguien hubiera tomado esa alma y la hubiera arrancado violentamente.
Por desgracia, para esa alma, estuviera viva o no, la Oscuridad Gentil no tenía el poder de revertir lo que se había hecho. Tampoco tenía tiempo para detenerse a investigar donde podría haber quedado esa alma. El momento del nacimiento de Judai estaba cerca. Un cuerpo sin un alma podía fallar en cualquier momento. Por tanto, era un potencial peligro para la vida del heraldo.
Fue una decisión de un segundo. Ya que no había un alma ni una conciencia, ella debía llenar ese espacio.
La Oscuridad Gentil era la fuerza que había plantado la semilla inicial de la vida. Por tanto, no le fue difícil imitar el comportamiento de un alma humana.
Que este cuerpo fuera idéntico al de Judai solo hizo todo más fácil. Su alma nació para manejar su poder. En cierto sentido, la Oscuridad Gentil siempre fue como una segunda alma dentro de cada uno de los cuerpos que su heraldo había habitado. Ocupar este fue casi lo mismo. Quizá un poco desconcertante al comienzo. Nunca había sido una consciencia humana. Siempre fue solo una sombra en la psique de Judai, un medio para llevar el conocimiento de sus reencarnaciones anteriores y prepararlo en el futuro, a la vez que le permitía conectarse con el núcleo mismo de la creación.
La Oscuridad Gentil, sabiendo lo estresante que sería para un cerebro con limitaciones físicas, selló parte de su memoria para que esta se recuperara poco a poco conforme ese cuerpo se desarrollara.
#
Yoshino Yuki miró a su madre, decepcionada. Aunque no estaba segura de si era de ella o de sí misma, por haber pensado que las buenas noticias que traía la harían cambiar mágicamente, como en los cuentos de hadas. Sí, una parte de ella, esa a la que se le negó una infancia correcta, a veces todavía pensaba que esas fantasías podían ser reales en cierta manera.
—Creí que esta sería una buena noticia para ti —dijo—. Veo que estaba equivocada.
La anciana, ya tan enferma que la mitad del tiempo no podía salir de la cama, sorbió su té. Su semblante era severo. Le recordó a su hija porque había cortado casi todo contacto con ella después de la universidad.
Crecer con Chieko Yuki como madre nunca fue fácil. Eso era algo que aprendió pronto. Su padre murió cuando era muy joven, dejándola para ser criada sola por la estricta mujer y su abuela. Pero, por un momento, Yoshino pensó que Raiko, su esposo, tenía razón.
—Alguien en América me contó que los nietos suavizan el carácter de los abuelos —le dijo una vez—. Tal vez sea cierto.
Fue él quien la convenció de que debía dar la buena noticia a su madre.
El brillo de felicidad en los ojos de la anciana pareció confirmar que esa sabiduría traída de occidente era verdad… Hasta que reveló que era un embarazo múltiple.
—Gemelas —dijo la anciana—. ¿Cómo es esto posible? Alguien cometió un grave error.
Lo dijo con ese tono que los ancianos solían usar cuando hablaban de malos augurios.
—No, no hay ningún error. —Puso sus manos en su vientre, casi como si esperara que eso protegiera a los niños dentro de ella de las palabras de su madre—. Los médicos están seguros.
—En esta familia eso no es posible.
Yoshino frunció los labios. Había crecido escuchando eso. En la familia Yuki solo nacían niñas. Una en cada generación. A causa de eso, su familia tenía una tradición arcaica que poco a poco se había ido olvidando: los hombres que se comprometían con la heredera debían renunciar a su apellido.
Entendía que el nombre Yuki alguna vez fue uno con poder en Ciudad Domino. Sin embargo, eso había sido hace un siglo. Si una hipotética hija suya en el futuro se casara con un Kaiba o un Oshita, no se veía forzándola a renunciar al prestigio que un apellido como esos traería a su familia.
Bueno, quizá no un Oshita. El anciano Kagemaru, amigo íntimo de su madre, siempre le dio escalofríos. Era un empresario exitoso que se comportaba como si fuera un sacerdote. Casi como si ese «club» de ancianos (ahora ya casi desaparecido) hubiera sido una especie de secta o iglesia secreta. Y lo único de lo que podía agradecer a ese hombre era que, debido a él, había conocido a Raiko.
El hijo de Kagemaru no era mejor. Las pocas veces que se lo encontró en eventos de trabajo o caridad le pareció alguien demasiado frío y despiadado. Cuando Konosuke Oshita te miraba, sentías que te estaba midiendo en función a si le eras útil o no. Como si todos a su alrededor fueran piezas en el tablero de un juego que podía utilizar a su conveniencia.
—Nunca más de una niña —repitió Yoshino—. Lo dices como si fuera una ley escrita en piedra.
Por un momento, una sombra pareció cruzar el rostro de su madre.
Yoshino se levantó, tomó su bolsa y caminó hacia la puerta corrediza de la habitación de su madre.
La casa familiar siempre le pareció un lugar frío. Era como si la luz huyera de ese sitio. Había estado en muchas casas tradicionales, sobre todo en cenas de negocios, pero solo esa se sentía así. Quizá era la falta de mantenimiento (aunque lo dudaba, porque al menos una vez al año su madre mandaba a traer artesanos y carpinteros expertos en casas antiguas para mantenerla en buenas condiciones). O tal vez solo eran los recuerdos de una niñez demasiado dura y apegada a tradiciones arcaicas que intentó dejar atrás cuando se mudó.
Se detuvo en la puerta y miró a su madre. Por primera vez en esa noche, dejó que viera lo completamente decepcionada que se sentía de ser recibida así después de tanto tiempo. En especial cuando había traído una noticia que debió ser causa de alegría y felicidad.
—De verdad, madre, pensé que esto te alegraría. Que querrías estar en la vida de tus nietos…
—Nieta —se apresuró a cortarla su madre.
Yoshino endureció su mirada. Allí iba de nuevo. Sí, sabía que desde hacía unas tres, quizá más, generaciones no había habido niños en la familia Yuki. No obstante, eso era cuestión de suerte. No de maldiciones o cualquier otra superstición que se le hubiera metido en la cabeza a su familia. Pero así eran los viejos, ¿verdad? Arraigados en el pasado. Creyendo que todavía era el mundo antiguo en que la gente creía en fantasmas, espíritus y demonios.
Era por eso que le había ocultado el sexo de los bebés hasta ahora. Si ella quería seguir creyendo en sus supersticiones, era cosa suya. Sin embargo, después de cómo había ido esa visita, se sintió un poco mezquina.
—Nietos, mamá. Estoy esperando gemelos. Dos niños.
Cerró la puerta tras de ella, sin detenerse a ver cómo esa noticia afectaría a su madre.
Todo ese estrés no podía ser bueno para ella y sus hijos. Pasaría por esa tienda de té que le gustaba, compraría algunos bocadillos y se relajaría en casa el resto de la tarde con una buena novela de misterio.
#
El día que los gemelos Yuki nacieron no parecía uno extraordinario. No fue durante una tormenta sospechosa. La tierra no tembló ni hubo algún incidente que pudiera considerarse un augurio de que algo más grande estaba pasando. Fue una tarde ordinaria en la isla de Kyushu: soleada y calurosa, con temperaturas de más de 30 grados Celsius.
Sin embargo, algo había cambiado. No en el plano físico, sino en el espiritual.
Aquellos conectados al mundo sobrenatural veían el mundo con sospecha, como quien ve al mar retrocediendo en la playa justo antes de que impacte un tsunami.
Una guerra estaba próxima. Una que no iba a involucrar solo el plano físico; que, tal vez, arrastraría a todas las dimensiones al conflicto.
En diversos planos, los seres que eran lo suficientemente poderosos para notar estas cosas, comenzaron a mover sus fichas para estar preparados. Esperaban, con suerte, sacar el mayor provecho posible de lo que venía… O al menos, no desaparecer.
Suficientes leyendas e historias hablaban de lo que pasaba cada vez que la Luz y la Oscuridad llegaban al punto álgido de su influencia sobre el mundo. Y ese momento, tras miles de años de tranquilidad, había llegado de nuevo.
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Al gemelo mayor lo llamaron Haou. Un nombre peculiar. Era la traducción al japonés de un título que parecía olvidado tras miles de años. Uno que Yoshino Yuki recordaba vagamente de su infancia. Quizá solo estaba siendo mezquina cuando lo eligió, pero el nombre se sentía tan correcto que no lo cambiaría ni aunque ahora mismo vinieran a ofrecerle cien millones de yenes.
El menor se llamó Judai. Era un nombre tradicional de la familia Yuki. Todos los varones de la familia se llaman así, explicó el abogado de su madre. Al final, Yoshino cedió solo para no escalar la batalla legal. Pero, a diferencia de cómo había querido su madre, le dio el nombre a su hijo más joven.
Los años pasaron, los gemelos crecieron, entraron al preescolar y luego a la primaria.
El mismo año que ingresaron a primer grado, Chieko Yuki murió. Una de sus amigas la había encontrado muy grave, casi inconsciente. Murió unas horas más tarde, ya sin despertar, en el Hospital General de Domino.
Yoshino, quien se encontraba en Tokio acompañando a su esposo en un evento importante que pondría a la empresa de medios que fundaron en el mapa, no se enteró hasta que volvió a la ciudad tres días más tarde.
Se había perdido el funeral. Así que, al final, todo lo que pudo hacer fue agregar la fotografía de su madre junto a las de los padres de Raiko en el altar familiar. Dedicó una única oración para ella: «Que encuentres paz».
Los gemelos crecieron sin saber esa historia amarga. Cuando Judai, su hijo más joven, preguntó por sus abuelos, le contó una versión corta e idealizada de la relación que le habría gustado tener con su madre.
Haou prosperó y Judai seguía sus pasos como si fuera una sombra. Una sombra más risueña y alegre, con ojos curiosos y miles de preguntas sobre el mundo.
Yoshino se enteraba de todo esto, casi siempre de segunda mano. Junto con Raiko, se había entregado de lleno a construir su empresa, empezaron prácticamente desde cero. Usaron todo lo que él aprendió de su tío y las pocas conexiones que quedaban ligadas al apellido Yuki, dieron forma a una pequeña empresa de telecomunicaciones. Funcionaban como intermediarios para la compra y venta de producción audiovisual entre Japón y occidente.
El negocio estaba en pleno crecimiento cuando los gemelos nacieron. Así que tuvo que tomar una decisión difícil: la empresa o la familia.
Eligió lo primero. Quizá por miedo a convertirse en su madre, prefirió dejar a los gemelos al cuidado de niñeras y sumergirse por completo en el trabajo.
Largas jornadas laborales, viajes a convenciones, reuniones con distribuidores extranjeros y pequeños estudios de animación que los buscaban para lanzar sus animes en los Estados Unidos y Europa. Todo eso llenaba su tiempo. Y cuando se dio cuenta, habían pasado cinco años y los gemelos estaban ya cursando su primer año de escuela primaria.
Fue por esos días cuando Raiko comenzó a hablar sobre el buen negocio en que se estaba convirtiendo el Duelo de Monstruos; y como Ilusiones Industriales estaba explotando toda su popularidad de esa forma en que lo hacían los americanos: series, peluches, videojuegos…
Yoshino miró a los gemelos dormir. Sentía su pecho apretarse cada vez que lo hacía. ¿Estaba haciendo lo correcto al alejarse de ellos y sumergirse en el trabajo?
Raiko regresó de la sala, donde había estado teniendo una videoconferencia con los ejecutivos de Ilusiones Industriales.
—¡Estamos dentro! —dijo—. El mismo Pegasus Crawford se reunirá con nosotros. Obtendremos los derechos de distribución exclusiva para Asia de la nueva serie de dibujos animados de Duelo de Monstruos. Si eso es un éxito, y lo será, podremos negociar la posibilidad de publicar mangas con sus personajes.
Yoshino Yuki asintió. Cerró la puerta de la habitación de sus hijos y regresó al trabajo, pese a que ya pasaba de la medianoche.
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Haou apartó la mirada del cuaderno. Giró la silla y miró al lugar donde la presencia de Avian se manifestó. De los cuatro guardias elementales, él era el mensajero.
Lo miró, alzando una ceja. La luz no había hecho movimientos significativos. Posiblemente, ni siquiera había notado que el heraldo se había reencarnado de nuevo. Así que, por el momento, los guardianes estaban a cargo de vigilar a Judai en espera de cualquier señal de que hubiera heredado cualquier atisbo del poder de la Oscuridad Gentil.
—Comenzaron el duelo —dijo Avian.
Haou no se movió.
Judai, como siempre que conocía a alguien, estaba emocionado. No había novedad allí. Y este niño, si de verdad tenía su edad, debía ser como esos molestos chicos con los que se veía forzado a compartir clases. No tenía interés en verlo menospreciar a los espíritus como hacían otros.
—Hay algo en ese chico que… —siguió Avian, a pesar de su obvio desinterés—. Debería considerar verlo por sí mismo, su alteza.
Haou miró al espíritu esperando que dijera algo más. Se estaba cuestionando si debió ser tan rápido es juzgar a alguien a quien no había visto en persona. Pese a ser un niño, los guardianes no se habrían molestado en enviar a Avian a llamarlo si no hubiera algo en él que fuera de interés.
—Muy bien. —Se levantó, tomó sus propias cartas del escritorio y se dirigió hacia la puerta.
La niñera se había quedado dormida de nuevo en el sofá. No dijo nada, simplemente pasó de largo por la sala de estar como si no la hubiera visto.
No fue difícil saber en donde estaban. Judai rara vez se alejaba de las escaleras desde que ese molesto chico en la escuela había comenzado los rumores sobre el uso de cartas falsas. Haou lo encontraba molesto, pero a la vez no creía que mereciera la pena meterse en una disputa de patio de juegos cuando había una guerra acercándose.
Se detuvo frente a las escaleras y miró hacia abajo.
Estaban sentados uno frente al otro en el descanso de la escalera. Su hermano estaba usando el tapete de duelo, mientras que el otro chico ponía sus cartas en él suelo. En otras circunstancias habría considerado eso una falta de respeto; esta no era una de esas. El suelo estaba limpio y el chico procuraba ser muy cuidadoso a la hora de manejar sus cartas.
—Juegas muchos monstruos boca abajo —comentó Judai.
—Es para el factor sorpresa —respondió el niño.
Haou prestó atención al campo. Se concentró en el monstruo boca abajo. Pasaron algunos turnos en los que la carta permaneció en el campo sin ser usada o consultada, casi como si se hubiera olvidado de ella. No era así. Era estrategia.
Su deducción se confirmó cuando su hermano lo atacó y resultó ser un monstruo con una defensa alta. Un muro oculto puesto allí para que su adversario se estrellara contra él. Además, con dos mil puntos de defensa, era una carta que bien pudo darle la victoria si su oponente hubiera decidido atacar con un monstruo más débil.
El duelo era como un tirar de cuerda. Judai vencía a su monstruo y el niño remontaba. Así, una y otra vez, hasta que los puntos de su hermano cayeron a cero.
—Su mazo le responde —comentó Avian.
Haou no dijo nada. Sí, era posible. En la época antigua los espíritus y los monstruos respondían a la llamada de los guerreros con los que formaban alianzas. Algo que, en esta época en que esas batallas mágicas se convirtieron en el Duelo de Monstruos, no había visto suceder todavía. Bueno, quizá Seto Kaiba era una excepción. Lo confirmaría cuando presenciara en persona uno de sus duelos.
Haou lo decidió. Iba a poner a prueba a este niño.
—¿Qué tal otra partida? —preguntó, mientras comenzaba a bajar el tramo de escalera.
Judai saltó, emocionado de verlo. El otro chico alzó la mirada. Cuando sus ojos se posaron sobre él, reflejaron varias emociones, una detrás de otra. Extrañeza, duda y confusión.
—Kenichi, él es mi hermano mayor —los presentó Judai—. Su nombre es Haou.
El niño, Kenichi, lo vio casi como si estuviera enfrente de un fantasma. Sus ojos verdes pasaron de la confusión al miedo en cuestión de segundos. Luego, ocultó todo detrás de una sonrisa que pretendía ser amistosa, pero no dejaba de estar tensa en los bordes.
—¡Hola! Soy Kenichi. Acabo de mudarme al departamento 205.
El niño se levantó, sacudiendo polvo inexistente de sus pantalones.
—Pensé que en ese lugar vivía un hombre solo —comentó Haou. En otras circunstancias, no habría dicho nada que iniciara una conversación; no obstante, esa no era una opción cuando necesitaba obtener la mayor cantidad de información posible.
—¡Oh, sí! Es mi papá… —Pareció dudar un momento, los miró a él y a Judai, como si estuviera midiendo cuánto debía decir—. Consiguió un trabajo en corporación Kaiba —explicó después de un segundo que pareció calculado—. Se mudó primero porque no querían que interrumpiera el ciclo escolar con una mudanza en medio.
—¡¿Corporación Kaiba?! —lo cuestionó Judai, emocionado—. ¡Eso es increíble! ¿Ha conocido a Seto Kaiba?
El niño se encogió de hombros.
—Creo que sí —dijo—. Es el jefe de los encargados de hacer las consolas de juegos… o algo así.
—¡Genial!
Haou no compartió el entusiasmo de su gemelo.
—Debes tener acceso a buenas cartas —desvió la conversación.
Eso hizo que Judai se emocionara más.
—No realmente… Papá nunca ha dicho nada del Duelo de Monstruos.
Judai ahora parecía un poco decepcionado. Haou no dijo nada. Antes, cuando Kenichi habló sobre lo que su padre hacía en la empresa, se notó que había escogido las palabras. Sabía más de lo que decía y había simplificado el mensaje. Ahora, al hablar del duelo, su rostro solo mostró que genuinamente no creía que su padre hiciera algo que tuviera que ver con el juego de cartas y los proyectos secretos que Corporación Kaiba tenía con respecto a él.
—Ya veo… —Haou recogió el playmat de Judai—. Juguemos en las mesas del salón comunal —dijo, liderando el camino.
El clima era agradable, y estaban en vacaciones, así que el lugar debería estar vacío.
Judai y Kenichi lo siguieron escaleras abajo.
El salón comunal era un lugar para reuniones y donde los chicos pasaban las tardes cuando había mal clima afuera. Como pensó, no había nadie allí. La mayoría de los adultos estaban trabajando, y los menores estaban disfrutando del día afuera.
Las mesas estaban acomodadas de manera similar a un salón de clases, dado que la junta vecinal del mes había sido un par de días atrás. Tomaron una de las del fondo, sentándose en la orilla derecha.
Haou extendió el tapete frente a él y preparó sus cartas. Kenichi barajó su mazo un par de veces y lo dejó sobre la mesa. Luego, fijó la mirada en la pequeña pila de cartas del deck de fusión de su adversario.
No dijo nada al respecto. No fue necesario. La sorpresa y suspicacia en sus gestos le dijeron a Haou todo lo que necesitaba saber.
Judai, sentado perpendicularmente a ellos, estaba sonriendo feliz, como hacía siempre que era espectador de un duelo.
—Toma el primer turno —le concedió Haou.
Kenichi lo miró un momento. Parecía buscar algo, tal vez duda. Cuando no encontró nada, asintió.
—Okay…
Tomaron su primera mano y el duelo comenzó.
—¡Es mi turno! ¡Robo…! Invoco al «Mago de Agua» en ataque. Coloco una carta. Termino mi turno.
—Mi turno… —Haou robó su primera carta—. Invoco a «Héroe Elemental Sparkman» en posición de ataque.
Pasó a la fase de batalla y declaró un ataque.
—Activo mi carta mágica, «Arremetida Imprudente». Selecciono a mi «Mago de Agua» y sus puntos de ataque se incrementan en 700 puntos.
Eso hacía que el monstruo ahora tuviera 2100 puntos de ataque, superando a Sparkman por un amplio margen.
Haou perdió 500 puntos de vida; quedando en 1500.
—Coloco dos cartas. Termino mi turno.
Kenichi robó su siguiente carta. Miró las cartas boca abajo en el campo de Haou. Pareció indeciso sobre que jugar; tal vez tratando de descifrar si esas cartas eran faroles.
—Coloco un monstruo. Termino mi turno.
Haou miró al monstruo boca abajo, intentando deducir si estaba tratando de usar la misma estrategia que empleó contra Judai. Bien, pensó, lo averiguaré más tarde.
—Robo —declaró—. Invoco a «Héroe Elemental Wildheart». Fase de batalla…
El «Mago de Agua» de Kenichi fue destruido, reduciendo sus puntos de vida a 1900.
Comenzó el turno de Kenichi.
—Invoco a «Chica Agua» en posición de ataque. Y la equipo con «Caparazón de Acero». —Volvió a ver las dos cartas tapadas, todavía indeciso; luego de un par de segundos, optó por arriesgarse—. ¡Fase de batalla!
Haou dejó pasar el ataque, ignorando sus cartas boca abajo como si no estuvieran allí. Wildheart fue destruido por el monstruo de Kenichi, bajando los puntos de vida de Haou a 1350.
Judai aspiró aire, conteniendo la respiración.
—Termino mi turno —declaró Kenichi.
Haou asintió. Robó su siguiente carta de su deck.
—Invoco a «Héroe Elemental Avian». Además, activo la carta mágica de campo «Rascacielos».
Kenichi se mordió el labio en cuanto escuchó el nombre de la carta. Fue una reacción interesante y sospechosa. Las cartas héroe no eran de conocimiento público, de allí que hubiera sido fácil para ese matón de patio inventar que eran falsas, pero este niño hizo ese gesto como previendo lo que pasaría cuando Haou activara el efecto de su carta.
Haou desvió su mirada en la dirección en que estaba Judai. Su hermano tenía los codos sobre la mesa, con sus manos cerradas y su cabeza apoyada en ella. Miraba el campo de juego con mucha concentración. Pero no era a él a quien quería ver, sino al espíritu de la mujer de fuego que estaba de pie a sus espaldas. Burstinatrix negó con la cabeza, confirmando que no era una carta que Judai hubiera usado en su duelo.
—Fase de batalla —declaró.
Antes de que siquiera explicara que su carta mágica incrementaba el ataque de Avian durante el cálculo de daño, Kenichi ya estaba resignado a perder esa batalla. No había duda, sabía perfectamente el efecto de una carta que no tenía manera de haber conocido hasta ese momento.
Los puntos de vida de Kenichi ahora eran de 1550.
Haou terminó su turno.
—Es mi turno. ¡Robo! Invoco a la «Amazona de los Mares» en posición de ataque… ¡Fase de batalla! —Parecía que ya se había convencido de que las dos cartas boca abajo eran faroles.
Avian fue destruido y los puntos de vida de Haou descendieron a 1050.
Judai hizo un ruido de sorpresa. Haou entendió por qué: no estaba acostumbrado a verlo perder tantos puntos de vida. No obstante, tampoco sabía que solo estaba alargando un duelo que podría haber terminado cuando quisiera.
Kenichi colocó una carta boca abajo y terminó su turno.
Haou robó carta.
—Activo la carta mágica «Tifón del Espacio Místico».
Apuntó a la carta boca abajo de Kenichi.
El niño puso su carta trampa «Refuerzos» en el cementerio con una expresión complicada.
—Invoco a «Héroe Elemental Clayman» en posición de ataque… Fase de batalla.
La amazona de Kenichi fue destruida y sus puntos de vida ahora eran de 1050.
Judai hizo una exclamación de asombro.
—¡Están empatados!
No era así. Y por la expresión en el rostro del otro niño, Haou supo que ya sabía que no tenía ninguna ventaja en ese campo. Quizá, incluso, ya se había dado cuenta de que esas cartas boca abajo nunca fueron faroles. Por ahora eso era suficiente. Terminaría eso en su siguiente turno.
Kenichi robó carta.
—Invoco por volteo a «Madoor de Aqua».
Que desmantelara su propia emboscada parecía probar que sabía que ese turno era el todo o nada para él.
—Invoco a «Chico Estrella»…
—Activo la carta de trampa, «Agujero Trampa».
Kenichi hizo una mueca y envió su monstruo al cementerio.
—¿Cómo? —preguntó Judai—. Agujero Trampa destruye monstruos con más de 1000 de ataque.
—Sí —admitió Kenichi—. Pero, mi monstruo tiene un efecto continuo que incrementa su ataque mientras está en el campo. Así que, desde el momento en que se invoca ya tiene 1050 de ataque, por tanto, «Agujero Trampa» puede destruirlo.
—¡Oh! Ya entiendo. —Judai sonrió—. Sabes mucho del duelo.
Kenichi se encogió de hombros.
Haou, por su parte, ahora estaba más intrigado por este chico. No dudaba que hubiera más niños de esa edad que supieran esas reglas avanzadas, pero no era solo eso lo que lo hacía diferente. Para él, ninguna de las cartas que se jugaron en esa mesa era desconocida… Ni siquiera aquellas que el público general no sabía que existían.
—Bueno, pasaré a mi fase de batalla —continuó Kenichi tras la breve explicación.
Clayman fue destruido. Haou ahora tenía 650 puntos de vida.
Haou comenzó su último turno.
—Activo la carta mágica, «E- Llamada de Emergencia».
Una vez más, Kenichi hizo una mueca de reconocimiento, confirmando sin darse cuenta de que conocía otra carta de la que no debía saber nada. A eso se sumó una expresión de resignación, en especial cuando Haou buscó a Bladedge y lo agregó a su mano.
Sin perder tiempo, Haou invocó al poderoso monstruo de 2600 puntos de ataque para poner fin a ese duelo. Con una desventaja de 1400 puntos de ataque, y sin cartas en su campo, el monstruo de Kenichi fue destruido y sus puntos de vida reducidos a 0.
—¡Gran duelo! —dijo Judai, como si él hubiera sido él quien jugó en lugar de su hermano.
Haou suprimió su impulso de corregir a Judai sobre que no había nada de divertido en la acción de perder un duelo. Burstinatrix, aun de pie detrás de su hermano menor, negó lentamente. Aquí todo eso era solo un juego. Su hermano podía permitirse disfrutar sin la solemnidad que implicaba un verdadero duelo en el que los participantes se jugaban su vida y su alma con cada punto de vida que perdían.
—Alguna vez usted también disfrutó de los duelos, su alteza —le había dicho tiempo atrás. Haou no recordaba mucho, salvo la sensación de estar en una guerra constante donde cada decisión costaba vidas.
Kenichi, ajeno a eso, seguía viendo la última carta boca abajo en el campo de su oponente.
Haou decidió darle una pequeña cortesía. Giró la carta para que la viera.
—Ah, claro —fue toda su respuesta—. «Fuerza de Espejo».
La manera en la que pronuncio esas palabras decían una cosa: nunca tuve posibilidad.
Haou se levantó, recogió sus cartas y comenzó a caminar hacia la puerta.
—¿Hermano?
—Fue un buen duelo —admitió, más para apaciguar a Judai que por otro motivo—. Ahora debo volver a mis estudios.
De reojo vio la mirada confusa de Kenichi.
Avian tuvo razón en lo que dijo antes: sus cartas le respondían, aunque él no siempre las escuchaba. Si el mazo de un duelista fuera una máquina (de guerra), era claro que la de ese niño necesitaba mantenimiento.
Valdría la pena vigilar cómo se desarrollaría eso.
Por otro lado, debía admitir que Kenichi era un pequeño misterio que ameritaba ser investigado. En especial por el conocimiento que tenía del duelo y sus cartas. Cartas que nadie más conocía porque no eran públicas. Lo sabía porque los Héroes estaban seguros de una cosa: Pegasus Crawford, de alguna manera, había manipulado las cosas para que Judai y él recibieran sus cartas.
—Creo que Yubel está involucrado —había comentado Sparkman cuando se reunieron de nuevo.
No obstante, no sabían si su presencia había sido real. Quizá fue solo un efecto secundario del despertar. Después de todo, pasaron siglos esperando en las viejas cámaras de piedra en las que los hechiceros sellaron sus espíritus.
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