Capítulo 3: Intercambio


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Tres

 

Intercambio

[Carta Mágica]

Ambos jugadores muestran sus manos y añaden a su mano 1 carta de la mano del otro.

 

Kenichi recogió sus cartas. Judai estaba diciendo algo sobre el duelo anterior, pero él no lo estaba escuchando. No por mala educación, sino porque su mente era un hervidero de pensamientos dispersos. El más destacado de ellos era este: Haou, el Rey Supremo, era el hermano de Judai.

«¿En qué clase de raro y desquiciado universo alterno fui a caer?».

En su vida pasada había leído unos cuantos fanfictions en los que pasaba algo similar a eso. ¿Significaba eso que estaba en uno de ellos? No sabía si eso era una bendición o una maldición.

—¿Kenichi? —preguntó Judai, mirándolo con una mezcla de preocupación y temor.

El niño parpadeó un par de veces.

—Lo siento. Estaba pensando… —Se mordió el labio—. Tu hermano… Es muy buen duelista.

—Sí —respondió Judai—. ¡Creo que es el duelista más fuerte que conozco! Bueno, no es que conozca a muchos. La mayoría de los chicos no se molestan en jugar bien.

—Oh, creo que entiendo. Seguro solo quieren tener las cartas con los monstruos más geniales y fuertes.

—¡Sí! Algunos piensan que el poder lo definen sus estrellas.

—Y piensan que las cartas mágicas son aburridas.

Los dos se rieron.

—Parece que en todos lados es igual —dijo Kenichi—. Por suerte, encontré la forma de lidiar con eso.

Judai abrió los ojos.

—¿De verdad? ¡¿Cómo lo hiciste?! Cuando intenté explicarles que no estaban jugando bien, se enfadaron mucho y dejaron de hablarme por una semana entera.

Kenichi lo miró con simpatía. Los niños podían ser muy crueles… y no, Bart, eso no es darte permiso para ir a molestar a Lisa.

—Lo principal, dejé de jugar con ellos.

Judai lo miró, decepcionado.

—Pensé que… —suspiró—. Mi hermano hizo lo mismo. ¡No entiendo por qué no podemos ser amigos!

Kenichi miró a Judai un momento. Sintió un escalofrío al pensar que, al menos en una cosa, Haou y él habían tenido el mismo pensamiento. Por otro lado, recordó la mención que había hecho la serie antes del duelo de Judai y Yubel de que, cuando niño, estuvo solo la mayor parte del tiempo. Abandonado en casa por sus padres que trabajaban demasiado. Y luego, Yubel había lastimado y enviado al hospital a su único amigo.

Y eso le hizo preguntarse: ¿dónde estaba Yubel? Luego, al pensarlo mejor, cayó en cuenta de que, quizá, Judai todavía no tenía su carta.

Apartó ese pensamiento de su mente por el momento.

—No digo que no podamos jugar con ellos —dijo—. Pero si no quieren seguir las reglas, tampoco podemos obligarlos. Por otro lado, eso no significa que no puedas compartir el duelo con ellos. Siempre queda la opción de intercambiar cartas. Y ya que ellos consideran que las cartas mágicas y de trampa son aburridas, puedes cambiarles esas cartas por cartas de monstruos «geniales».

Judai lo escuchó atentamente… al menos hasta la última parte. Frunció el ceño en un gesto pensativo.

—¿No es deshonesto? Quiero decir, ¿qué pasa si luego quieren aprender a jugar bien y resulta que ya no pueden porque su deck está incompleto?

—Judai, no te digo que los engañes. Sé honesto con ellos y deja en claro cuando una carta es muy buena y el intercambio no es justo, al menos para ti. Si ellos deciden seguir, ya no está en tu control. Tú les advertiste.

Pese a eso, el niño no parecía conforme.

«Al final, cada quien decide cuál es el límite de su moral», se dijo Kenichi.

—¿Has ido a alguna tienda de juegos? —le preguntó a Judai, dejando de lado lo de los intercambios por el momento.

Judai negó.

—Yo sí. Esa fue la manera que encontré para aprender de verdad el duelo y jugar con duelistas cada vez más fuertes. Fui a una tienda, compré mis primeras cartas allí y, en lugar de volver a la escuela y hacer lo que todos mis compañeros hacían, le pedí a los chicos grandes que me enseñaran a jugar.

No había sido así exactamente, aunque Kenichi tampoco iba a explicarle a Judai que de hecho sabía jugar porque había reencarnado y conocía el juego de su vida anterior.

—Todas las cartas que tengo las obtuve de mis padres —explicó Judai—. Regalos de cumpleaños y las promos que obtienen de sus viajes al extranjero.

—Bueno, deberíamos ir a buscar alguna tienda de juegos. ¡Es muy divertido! Y hay torneos todos los fines de semana… O al menos así era en la tienda a la que iba en Tokio.

Judai parecía muy emocionado de escuchar eso.

—¡Guau! ¡Ahora de verdad quiero ir a una tienda! Creo que incluso mi hermano querría unirse a nosotros.

Kenichi sintió una punzada de miedo por eso. Haou era un misterio. No sabía si era de verdad el Rey Supremo o no. Y, debido a eso, no podía quitarse de la cabeza la idea de que durante su duelo había estado probando qué tan buenas eran sus habilidades.

—Pero no sé si hay una tienda de juegos cerca de aquí. —El ánimo de Judai se desinfló un poco al decir eso.

—Esto es Ciudad Domino —le recordó Kenichi—. Seto Kaiba vive aquí. Estoy seguro de que debe haber unas cuantas tiendas de juegos. Incluso alguna debe estar especializada solo en el duelo.

Fue en ese momento en que Kenichi recordó la tienda Kame Game. Ahora estaba en Domino, por tanto, podía visitarla y conocer al abuelo de Yugi. ¡Tal vez incluso podía pedirle algunos consejos! El hombre le enseñó todo lo que sabía al mismísimo Rey de los Duelistas, ¿cómo desperdiciar la oportunidad de hablar con él sobre el duelo?

Era arriesgado e iría contra todo lo que había reflexionado sobre quedarse lejos de la trama; aun así… Miró a Judai, quien parloteaba de cómo pensaba que era una tienda de juegos y preguntaba sobre los torneos. Ya había chocado de frente contra uno de los personajes claves. Tal vez solo estaba siendo paranoico. Decenas de personas debían visitar la tienda del abuelo de Yugi, en especial después de que su nieto se hizo famoso, y no creía que ninguna de ellas hubiera terminado envuelta en la enrevesada trama de los juegos de lo oscuro.

«Estoy haciendo una tormenta en un vaso de agua», pensó. «No puede haber nada de malo en echar un vistazo».

Por un momento, casi creyó escuchar una voz en su cabeza diciendo: «Últimas palabras famosas».

Kenichi respondió algunas de las preguntas de Judai sobre los torneos en los que había participado.

—No fueron tantos, en realidad. Y tampoco es que hubiera tanta gente. Según recuerdo, lo máximo que logramos fue de veinte. Pero incluso eso estaba bien. Era una tienda pequeña, así que tampoco es que tuviéramos espacio ilimitado donde jugar.

Le explicó a Judai que no siempre jugaban de eliminación directa. Entonces, tuvo que explicar que usaban el sistema suizo de torneo y cómo funcionaban.

—En términos simples, los jueces te emparejan con un duelista de un nivel similar al tuyo para un duelo. Todos los participantes deben tener un duelo por ronda. Luego, se establece un límite de tiempo de duración del duelo, al final del cual los jugadores que ganan suman puntos. Si no hay ganador en un duelo, el que tiene más puntos de vida al finalizar el tiempo gana los puntos. También puede haber empates y puede ser que ambos obtengan puntos, o ninguno. Eso depende de las reglas que establezca el organizador.

»Si pierdes en una ronda, no te eliminan, ya que, según el número de participantes, se juegan tres, cuatro o más rondas. En cada una te enfrentas a un duelista diferente que haya acumulado una cantidad de puntos similar a la tuya y, al finalizar la última ronda, los cuatro mejores pasan a un torneo ya tradicional de eliminación directa. Bueno, cuatro cuando son muy pocos participantes. Para un torneo mediano podrían ser ocho o dieciséis; treinta y dos en los más grandes.

»En todo caso, todos los que llegan a esa etapa final se consideran los jugadores top del torneo, y todos ganan un premio. Además, claro, de los premios que se entregan a los tres primeros lugares.

Judai escuchó a Kenichi mostrando cada vez más emoción.

—¡Increíble! ¡Quiero jugar un torneo! De verdad, tenemos que ir a una tienda de juegos. —Su expresión se apagó un poco—. Pero, ¿y si no hay tiendas de juegos cerca de aquí?

—Deberíamos ir a buscarla —sugirió Kenichi.

—¿Cómo…? —Judai miró a su alrededor—. ¿Quieres decir salir del edificio y buscarla?

Kenichi lo miró un momento. Tal vez Judai nunca salía del edificio de departamentos, salvo para ir a la escuela. Era curioso, considerando que las ciudades en Japón eran muy seguras, en especial para los niños.

Luego, recordó que estaban en Ciudad Domino. El manga, sobre todo en los primeros tomos, pintó el panorama de una ciudad salvaje con pandillas como la de Hirutani… la cual, por cierto, era muy probable que estuviera activa. Kaiba tenía alrededor de quince años, por tanto, también Yugi y sus amigos, y al no haber sucedido el Reino de los Duelistas, técnicamente estaba en la línea del tiempo de la temporada de Toei.

Sí, era muy probable que ese tal Hirutani anduviera por allí. Y no era alguien con quien quisieras toparte, considerando que tenía una maldita cámara de torturas.

«En serio, ¿qué carajo pasa con los estudiantes de preparatoria en esta ciudad? ¿Por qué casi todos son sujetos turbios y malvados?».

Entonces recordó la primera aparición de Mokuba en el manga. ¡Tenía su propio séquito de matones! Y eso sin olvidar al sobrino de dos años de Honda, quien era un pervertido de mierda ya a esa edad.

«¡Y 4Kids quería que creyéramos que esta era una historia para niños!», pensó Kenichi.

Recordar todo eso hizo que mirara a Judai con simpatía. Es que, joder, Domino podría haber sido una ciudad de Latinoamérica.

—No necesitamos salir del edificio —dijo—. Solo necesitamos una computadora con acceso a internet.

Judai parpadeó.

—¡Oh! —exhaló—. Bueno, hay una en casa, pero está en la oficina de papá. No tengo permitido entrar allí.

—No es necesario. Solo pediré a mis padres que nos dejen usar la suya.

Judai pareció un poco descolocado. Luego de un momento, pareció darse cuenta de a qué se refería Kenichi. Sus padres estaban en casa.

El otro niño sintió una punzada de simpatía. Parecía que Judai había normalizado tanto el que sus padres siempre trabajaran que la idea de padres presentes le era por completo ajena.

—¡Vamos! —dijo, poniéndose de pie.

Judai asintió y lo siguió fuera del salón comunal.

Una vez afuera, escucharon el sonido apagado de los adolescentes que se divertían en la piscina del edificio. Ahora que había recordado lo peligrosa que era esa ciudad en el manga, Kenichi entendía por qué ese edificio parecía tener todas las instalaciones necesarias para que sus habitantes no tuvieran que salir. Incluso había un par de máquinas expendedoras muy bien surtidas cerca de las escaleras, lo cual hacía poco probable que alguien quisiera ir a una tienda por la noche para conseguir algún bocadillo nocturno.

Cuando entraron al departamento 205, se encontraron con una sala de estar excepcionalmente arreglada para un hogar al que sus habitantes se acababan de mudar. Luego, Kenichi recordó que su padre llevaba viviendo allí ya varios meses, por lo que era lógico que la parte más pesada ya estuviera hecha. Solo restaban algunas pocas cajas con libros y otros artículos pequeños dispersos por la alfombra en espera de ser colocados en sus lugares.

Los niños se quitaron los zapatos en la entrada y se pusieron dos pares de pantuflas para niños que estaban dispuestas allí tanto para Kenichi como para invitados. Sus padres insistían en mantener pares extra por si su hijo alguna vez invitaba amigos a casa. Por primera vez, la previsión resultaba aceptada.

—¡Estoy en casa! —Kenichi llamó.

Su madre apareció desde un pasillo que, a juzgar por lo que había visto en casa de Judai una hora atrás, debía conducir a las habitaciones.

—Hola, niños —los saludó ella, sonriendo.

—Hola, señora Satou —correspondió Judai.

—¿Papá está en su oficina? —Su padre había tenido una oficina en casa en el departamento de Tokio, y era normal que allí fuera igual. Además, Judai mencionó que en su casa su padre también tenía un despacho, así que era de suponer que todos o la mayoría de los departamentos del edificio tenían espacio para una oficina.

—Sí, está ordenando los libros que había dejado en Tokio. ¿Necesitan algo?

—Quería ver si nos prestaba su computadora.

Miyuki Satou miró a los niños con el ceño fruncido.

—¿No están pensando en jugar videojuegos? —Su mirada se centró en su hijo—. Sabes que para eso tienes tu consola.

Kenichi se apresuró a negarlo.

—¡No, mamá! No es nada de eso. Solo quería acceder al mapa de negocios. ¡Queremos buscar una tienda de juegos para ir a comprar cartas!

Su madre los miró una vez más. Luego, tras decidir que decían la verdad, asintió levemente.

—Muy bien, pueden ir a pedirle que los ayude. La puerta al fondo del pasillo, a la izquierda; la del otro lado es el baño.

—¡Muchas gracias!

Los dos niños prácticamente corrieron por el pasillo, mientras la señora Satou negaba con la cabeza, divertida. Miró a los niños llamar a la puerta y hablar con su esposo cuando este les abrió la puerta. Sintió una pequeña chispa de esperanza cuando vio el entusiasmo de su hijo… Uno que solo había visto cuando hablaba de sus aventuras en la tienda de cartas, o cuando su tío Kouji los visitaba y salían de compras a Akihabara para cazar «joyas ocultas de los videojuegos».

«Es la primera vez que trae un amigo a casa», recordó.

Sonrió. Parecía que Kensuke había tenido razón sobre la mudanza.

Mientras tanto, Kensuke Satou se sentó en su escritorio y abrió su computadora portátil.

Kenichi seguía muy sorprendido por la tecnología de este mundo. Y no, no era por los hologramas (bueno, en parte sí), sino por lo avanzada que estaba con respecto a los noventa del otro mundo. La laptop de su padre, por ejemplo, era un modelo relativamente delgado. Además, tenía una pantalla LCD de quince pulgadas con un aspecto de 16:9. Parecía más una computadora de 2010 en adelante que de 1993 (año en que su padre la compró). En su mundo, un portátil comprado ese año habría sido una cosa grande, tosca, muy pesada y con una pantalla cuadrada de 4:3.

—Entonces, ¿qué estamos buscando? —preguntó su padre.

—¡Una tienda de juegos! —se apresuró a responder Kenichi—. Queremos ir a comprar e intercambiar cartas.

Kensuke se apresuró a rellenar el cuadro de búsqueda en la página de mapas.

Kenichi seguía sorprendiéndose por el hecho de que ese mundo parecía estar veinte años adelantado. Una página como esa, similar a Google Maps, a mediados de los noventa le parecía demasiado surrealista.

El mapa desplegado en la pantalla era como ver una versión en alta resolución y con muchos más detalles del que aparecía en el juego de Stairway to the Destined Duel de Game Boy Advance. Y, al igual que en ese juego, la ciudad se dividía en varios chōme (丁目), o bloques (el equivalente a los barrios, colonias o vecindarios de Occidente). Corporación Kaiba, por ejemplo, se ubicaba en el Bijinesuzon 3-chōme, es decir, en el tercer bloque de la zona comercial de Domino, que prácticamente estaba en el centro de la ciudad.

En el mapa aparecieron al menos una docena de puntos indicando dónde estaban ubicadas las tiendas oficiales de Duelo de Monstruos en Domino. Kenichi tenía que admitir que estaba esperando que fueran al menos tres; sin embargo, sus expectativas habían sido demasiado bajas. Doce tiendas en una ciudad del tamaño de Domino, una ciudad de cien mil habitantes, le parecían demasiadas. En su otra vida, una ciudad con más de un millón de habitantes apenas si tenía siete tiendas OTS del TCG.

«Bueno, parece que Domino de verdad es La Meca del Duelo de Monstruos», pensó.

Su padre hizo zoom en el mapa, centrándose en la zona residencial en que vivían.

Kenichi contuvo la respiración cuando vio el resultado. Estaban a menos de diez calles de la legendaria plaza del reloj de Domino, la cual se ubicaba a medio camino entre su edificio y Corporación Kaiba. Pero lo más sorprendente no era eso, sino la dirección de la Kame Game Shop.

—Tres calles hacia abajo —susurró.

—¿Eh? —Judai lo miró un momento.

—Esa tienda —dijo Kenichi, recuperándose de inmediato—, Kame Game, está a solo tres calles de aquí.

—Sí, en definitiva, es la más cercana —concordó su padre.

—Y es oficial.

—¿Oficial? ¿Qué significa eso? —preguntó Judai.

—Que puede organizar eventos sancionados para calificar a los torneos de Ilusiones Industriales. Es decir, puedes ir a esa tienda a suscribirte para ser un duelista oficial.

Los ojos de Judai brillaron.

—¡Vaya! No sabía que había algo así tan cerca. ¡Deberíamos ir!

Kenichi se encontró asintiendo. Su padre miró la información de la tienda.

—Todavía es temprano —dijo—. Vamos a comer y luego podemos ir a echar un vistazo.

—¿En serio? —preguntó Judai.

—Claro, pero debes pedir permiso a tus padres.

El entusiasmo de Judai se apagó al instante, casi como si esas palabras hubieran bajado alguna especie de interruptor.

—Oh, bueno… —Dudó un poco—. Ellos no están en la ciudad.

Kenichi sintió una punzada de culpa por eso.

—¿Qué hay de tu niñera? ¿Ella podría contactarlos?

Judai pareció pensativo.

—No sé. Se supone que solo emergencias…

Kenichi frunció el ceño.

—¡Espera! ¿No los llama para reportarse? Si yo… —Se interrumpió y sacudió con la cabeza—. Quiero decir, si mis papás contrataran una niñera para varios días, pedirían informes diarios.

Kensuke lo miró intensamente, antes de asentir.

—No pierdes nada en hablar con ella —le dijo a Judai, archivando de momento las palabras de su hijo para después—. Por ahora, vamos a comer.

—¿No les importa?

—¿Qué comas con nosotros? ¡Claro que no! Kenny nunca trae a nadie a casa, así que hay que celebrar la ocasión.

Judai miró a Kenichi con interés. El otro niño, por toda respuesta, se encogió de hombros.

El padre de Kenichi compró comida a domicilio de un pequeño restaurante de ramen cercano.

Para Judai fue una experiencia un poco extraña. Toda la familia comiendo junta, disfrutando de la conversación. ¡Los padres de Kenichi incluso los escucharon atentamente hablar sobre el duelo! Parecían genuinamente interesados, no escuchando solo por cortesía como sus padres. En cierto momento, terminó deseando tener padres así, que estuvieran allí para comer y escuchar lo que pasaba en su día a día.

Después de la comida, Kenichi y Judai fueron a la habitación del primero. Allí, recogieron una mochila.

—¡Regreso al rato! —anunció a sus padres—. ¡Vamos a intercambiar cartas!

Eso hizo que Judai olvidara el mal trago de no poder ir de momento a la tienda de cartas.

—¡Vamos a mi casa! Estoy seguro de que mi hermano querrá unirse.

Kenichi se detuvo un momento, luego asintió. Todavía no estaba muy seguro de qué pensar sobre Haou, pero, de momento, solo podía observar y esperar. Si resultaba ser quien él creía…

«Cruzaré ese puente cuando llegue a él».

Entraron al departamento de la familia Yuki. La niñera estaba dormida.

—¿No hay problema si estamos aquí? —preguntó Kenichi en voz baja.

Judai se encogió de hombros.

—Probablemente estará dormida hasta las ocho. A esa hora se marcha y no vuelve hasta mañana a las nueve.

A Kenichi le parecía extraño que pudieran dejar solos a un par de niños de siete años en la noche. Luego, recordó que ese era un mundo de anime. Era común ver que adolescentes y niños vivieran solos en esa clase de historias. Recordó ese anime que había visto en Netflix unos meses antes de morir, Kotaro vive solo, y sintió un escalofrío. ¿Podría haber niños en la misma situación de Kotaro en ese mismo momento?

No tuvo tiempo de pensar más en eso. Judai abrió la puerta de su habitación y lo invitó a entrar.

Haou estaba sentado en un escritorio, escribiendo.

—¡Hermano, Kenichi quiere intercambiar cartas con nosotros!

Haou dejó el bolígrafo sobre el escritorio y giró la silla para verlos. Tenía una ceja enarcada con suspicacia.

Judai no pareció notarlo. Se acercó a la cama inferior de una litera y sacó una pequeña caja de madera oscura que a Kenichi le recordó a una caja de bento. Dentro había una pequeña colección de cartas.

—No tengo muchas cartas —admitió Judai.

Kenichi asintió. Dejó su propia mochila en el suelo y la abrió. Sacó una caja de zapatos y la abrió, mostrando unas doscientas cartas pulcramente acomodadas y con pequeños papeles de colores que marcaban qué tipo de cartas eran.

No tenía muchas cartas de tipo guerrero, quizá solo unas quince; aun así, quizá a Judai le interesaría alguna, así que primero buscó en esa sección. Sabía que, eventualmente, el niño se especializaría en los Héroes Elementales y su soporte, pero por el momento no parecía importarle tener diversas cartas de tipo guerrero y su soporte.

Luego sacó su colección de cartas mágicas y de trama. La mayoría eran equipos básicos y cartas de efectos poco usados como «Luz Perfora-Oscuridad», y trampas igual de básicas. Aunque, entre todas ellas, había una que sabía que era muy probable que le interesaría a Judai.

—¡Guau! Tienes muchas cartas —se sorprendió el otro niño.

—Sí, bueno, no solo juego duelo de monstruos, también es mi negocio.

Judai lo miró con la cabeza inclinada.

—Compra, venta, intercambio —aclaró Kenichi—. Algunas veces es tan emocionante como los duelos en sí.

El otro niño asintió, mientras esparcía sus cartas sobre la alfombra. Eran unas cuarenta cartas. La gran mayoría eran monstruos que bien podrían haber estado en el mazo inicial del Forbidden Memories. Aunque, entre todos esos monstruos, hubo uno que sí que llamó su atención.

—¡Tienes un «Gran Blanco»!

Judai vio la carta que Kenichi señaló. Era un tiburón con brazos. Tenía un ataque de 1600 puntos.

En esos momentos, el objetivo de Kenichi era reemplazar todos sus monstruos normales «débiles» por la mayor cantidad posible que tuvieran de 1500 puntos hacia arriba.

—Tengo un monstruo que es equivalente a ese —dijo—. Es básicamente un «Gran Blanco» en tipo guerrero.

Buscó entre sus monstruos tipo guerrero y sacó una carta con la ilustración de una mujer que vestía un kimono y llevaba una enorme cuchilla. Era la «Hermosa Cazacabezas», un monstruo con las mismas estadísticas que «Gran Blanco», pero en tipo guerrero y de atributo tierra.

Intercambiaron las cartas y Kenichi ni siquiera se molestó en guardar su nuevo monstruo en la caja, sino que directamente lo agregó a su deck.

Judai seguía sorprendido de que Kenichi tuviera tantas cartas variadas. Debía tener como unas doscientas cartas. Incluso tenía algunos monstruos repetidos unas cuantas veces.

—Conservo casi todo lo que sacó en los paquetes de refuerzo —le explicó—. Y otras me las dieron los chicos mayores. Cuando compraban cartas y les salían algunas para las que no tenían uso y la tienda no quería comprarlas, me las obsequiaban.

—¡Guau! Me habría gustado estar allí.

—¿Por qué?

Kenichi dio un pequeño salto al escuchar la voz de Haou. Había estado tan inmerso en el intercambio que hasta se había olvidado de que él estaba allí.

—¿Cómo…? —preguntó, confundido.

—¿Por qué aceptabas cartas que claramente eran el desecho de otros?

Kenichi frunció el ceño.

—Me gusta coleccionar…

Haou enarcó una ceja, no pareciendo del todo convencido.

Kenichi tenía que admitir que no era una respuesta del todo honesta.

—Bueno, es eso, y porque creo que, eventualmente, les encontraré un uso. El juego cambia con cada expansión que sale. ¿Quién nos dice que una carta que ahora parece no servir de nada en el futuro puede llegar a ser muy poderosa?

Estaba pensando en «Control de la Mente», una carta que, por su restricción de no permitir atacar o sacrificar al monstruo que controlabas, había sido ignorada al comienzo… Luego, llegaron los monstruos de Sincronía y los XYZ y se convirtió en una de las más buscadas y temidas por los jugadores.

Haou lo miró un largo rato, haciendo que se pusiera nervioso. La mirada de Judai pasaba de uno a otro, aunque no se atrevió a decir nada.

—¿Tienes un «Monstruo Renacido»? —le preguntó Haou de pronto.

Kenichi negó. Había sido una de esas que salió con tiraje limitado… Algo sorprendente, puesto que en el anime parecía que todo el mundo y su abuelito (quizá literal en el caso de Yugi) tenía una copia. Aunque, si lo pensaba bien, los personajes del anime eran duelistas de alto nivel. Era obvio que tenían los recursos y el acceso a esas cartas. Además de que no eran niños de primaria como él.

—Tengo una copia extra —aclaró Haou—. Tanto Judai como yo ya tenemos una copia para nuestros mazos. ¿Qué puedes intercambiar por ella?

Dado su poder, incluso en esos momentos, era una de las pocas cartas que se encontraban limitadas a una copia.

Kenichi lo pensó un largo rato. No tenía algo que estuviera a ese nivel, aunque sí tenía una carta que podría interesar a los gemelos dado el tipo de mazos que jugaban. Se la había intercambiado a una niña de su escuela anterior unos meses atrás. Era un equipo que potenciaría a los Héroes Elementales al ser de tipo guerrero… Sin embargo, también les estaría dando un arma que usar contra él en futuros duelos.

«¡Pero es “Monstruo Renacido”!», se dijo.

—Tengo algo que podría serles útil —dijo.

Abrió una bolsa lateral de su mochila y sacó una mica de plástico duro, de esas que se usaban para proteger carnets. Dentro había una carta mágica de equipo cuya ilustración mostraba una espada envuelta en electricidad.

—«Hoja de Rayos» —dijo—. Es una carta de equipo que aumenta el ataque de los guerreros en 800 puntos.

Judai jadeó. ¡Eso era mucho! Los equipos que tenía solo aumentaban el ataque en 300 puntos.

Haou se adelantó y tomó la carta para verla. Leyó el efecto y enarcó una ceja.

—Me estarías dando un arma que debilitaría a prácticamente todos tus monstruos.

—¿De verdad? —preguntó Judai.

—Sí, es cierto. Si la activas contra mí, mis monstruos perderían 500 puntos de ataque. Aun así, por «Monstruo Renacido» vale el riesgo.

Haou volvió a sostener su mirada, mientras le pasaba la carta a Judai para que la leyera.

Tras un momento, Haou se dirigió al escritorio. Abrió un cajón, sacó algo y luego se lo entregó a Kenichi. Era la carta mencionada.

—¿De verdad estás seguro? —volvió a preguntar Judai, ahora que veía que era realmente un arma que básicamente inutilizaba los monstruos de Kenichi.

—Sí. Solo debo confiar en que, si la juegan contra mí, podré robar algo para librarme de ella.

 


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