Capitulo 1: Tu mundo, tu responsabilidad
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TU MUNDO, TU RESPONSABILIDAD
Si alguien le preguntara cómo murió, no sería capaz de responder. Todo fue tan rápido que su mente no tuvo tiempo siquiera de procesar lo que estaba pasando. No hubo una advertencia previa… ¡Por supuesto que no! ¿Qué decía siempre su madre…? Oh, sí: el único que sabe cuándo y cómo es Dios. Aun así, habría esperado que tendría la cortesía de una advertencia. O mínimo que se cumpliera el cliché de «vi mi vida pasar frente a mis ojos».
Por otro lado, fue un poco decepcionante descubrir que la otra vida era tal como se veía en Beetlejuice: la sala de espera de una oficina con los trámites burocráticos incluidos.
Como toda oficina de burócratas en la que había estado en su vida, esta era aburrida. Techos y muros de color blanco. Piso de azulejos resbalosos y que brillaban como espejos. Sillas incómodas, plantas genéricas y una pantalla de información que dejaba más dudas de las que respondía. Y claro, entre tanto anuncio aburrido, los números de turnos transcurrían lentamente.
Al hombre le pareció que había estado allí una eternidad, mientras la fila de espera avanzaba lentamente. ¡Podía jurar que ya llevaba más tiempo esperando del que había vivido!
«En serio, con la cantidad de gente que muere a cada segundo, uno pensaría que esto avanzaría más rápido».
Quizá, teorizó, una vez que mueres, medir el tiempo deja de tener sentido. Tal vez un milenio allí era un segundo en la Tierra, o algo así.
Para cuando su turno por fin apareció en la pantalla, podría jurar que había estado allí más tiempo del transcurrido desde que la humanidad comenzó a registrar la historia.
Pasó por un escritorio vacío. No había ningún Rey Enma de la mitología oriental, o el San Pedro de los cristianos. Simplemente, una indicación que le decía que avanzara hacia el escritorio 45-RYT.
Sentada en el escritorio había una oficinista pelirroja que parecía estar en la mitad de sus veinte. Tenía la piel bronceada y unas gafas de montura cuadradas. Sin un halo, alas u otra cosa que la delatara como un ser sobrenatural. Casi podría jurar que eso no era la otra vida, o la sala de espera de la otra vida, sino las oficinas del Servicio de Administración Tributaria.
La mujer no le prestaba atención, más ocupada en leer algo en su computadora… ¡Esperen! ¿Eso era un monitor CRT? Además, estaba seguro de que el ordenador en el escritorio era una vieja COMOPAQ Presario. ¿Acaso la otra vida no tenía presupuesto para modernizar su equipo informático?
—Disculpe… —la llamó.
La oficinista apartó sus ojos de la pantalla y miró al hombre con el ceño fruncido.
—Un momento. Necesito familiarizarme con su registro antes de poder atenderlo.
El hombre suspiró con fastidio y se sumergió en la incómoda silla de oficina en la que se había sentado.
¿Iban en serio? Lo tenían allí, esperando en una oficina aburrida una eternidad, sin la cortesía de siquiera ofrecer internet gratis (no tenía un teléfono, pero ese no era el punto), y todavía tenía que esperar a que la señorita terminara de leer un informe sobre él. ¡El peor servicio a clientes que había sufrido en su vida!
O lo sería, si estuviera vivo.
Claro, considerando el lugar donde estaba, más bien eso era como cualquier oficina de gobierno… pero, aun así…
—Muy bien —dijo al fin la oficinista, tomando una carpeta manila y mirando al hombre.
«Ya era hora», pensó él.
—Fue enviado a la oficina de reencarnación y transmigración.
El hombre parpadeó. ¿Había escuchado bien? ¿De verdad estaba muerto o solo en una pesadilla muy mala? Y no por terrorífica, sino por no tener sentido, como aquella en la que luchó contra Chucky, el muñeco diabólico, con una katana.
—¡Espere! ¿Esto es la otra vida, una broma cruel o en realidad estoy en coma tras un accidente y todo esto es mi mente inventando una fantasía ridícula de isekai?
La mujer lo fulminó con la mirada.
—Me temo que esto no es un sueño o una broma. Sí, usted está muerto. Y sí, aquí gestionamos la reencarnación y la transmigración de las almas.
—¡Pero esto es una oficina burocrática!
—Sí… ¿Cuál es el punto al que quiere llegar?
—¿No debería ser esto algún sitio más místico? No sé, un río en el que hay que pagarle a Caronte, o algún tipo de juicio con una balanza y una pluma para pesar mi corazón.
—Dejamos esos sistemas hace mucho. Preferimos optar por algo con lo que todo humano moderno está familiarizado.
—Burocracia —resopló.
—¡Eso mismo! —Sonrió, mostrando sus dientes blancos y cerrando los ojos.
«Así que los verdugos del infierno sonríen mientras te ven afrontar la pesadilla de un trámite burocrático justo después de una muerte traumática».
—Muy bien, si he resuelto todas sus dudas, podemos proceder con su transmigración.
El hombre parpadeó algunas veces.
—¿Qué…?
—¿Necesita que se lo repita?
—No, escuché bien. Solo que no entiendo. ¿Transmigración? Pensé que iba a descansar en paz, y todo eso.
—Señor, se lo dije: esta es la oficina de reencarnación y transmigración. De verdad, después del crimen atroz que cometió, ¿pensó que su destino era descansar en paz? ¡No se ha ganado eso!
La miró como si le hubiera salido otra cabeza.
¿Estaba hablando en serio? Había vivido una vida muy aburrida. ¡En su vida había tenido problemas con la ley!
—¿Qué crimen? Creo que cometieron un error.
—Esta oficina no comete errores. Su expediente me fue remitido y se me ordenó fungir como la agente encargada de que transmigre al lugar donde podrá expiar sus errores y, con suerte, ganarse el descanso eterno.
—¿Qué errores?
La mujer abrió el legajo. Dentro había un reporte de unas cuantas decenas de hojas.
—Aquí: mundo ETSV-42200890. Nombre clave: Red de sombras.
El hombre tragó saliva. Reconocía ese nombre.
—Veo que sabe de lo que hablo. ¿Listo para admitir sus crímenes?
—Pero… ¡Eso fue un proyecto de escritura que abandoné!
—¡Exacto! Lo abandonó a su suerte.
—¡Solo era ficción!
La mujer dio un fuerte golpe en el escritorio.
—¿Solo ficción? ¿Le parece correcto hablar del mundo que usted mismo creó de esa manera?
El hombre abrió la boca. No salió ningún sonido. Volvió a cerrarla y la abrió de nuevo.
—Esto tiene que ser una broma. No hay otra explicación.
Se dejó caer en la silla, hundiéndose como si fuera un montón de ropa vieja.
—Creo que necesitamos aclarar algunos puntos.
La miró por un largo momento. Luego asintió.
—Vamos a saltar todo eso de universo, multiverso, macroverso, dimensiones y demás. Son conceptos que ya maneja. Los humanos llevan un rato haciéndolo, desde que descubrieron que contar historias de eso era muy lucrativo.
»Pues bien, como diría cierto personaje que conoció en la ficción: “Un gran poder conlleva una gran responsabilidad”. Y el caso es que ciertos humanos de la Tierra Original (sí, su Tierra) tienen la capacidad de dar vida a otros mundos.
»Se les ha llamado de muchas maneras. Soñadores, arquitectos de mundos… algunas veces incluso se les confunde con dioses.
»Pues bien, su proyecto Red de Sombras era uno de esos mundos que cobraron vida. Se le dio el don de hacer eso, lo utilizó y luego abandonó todo, condenando a ese mundo y todas las almas en él al limbo eterno.
»Ese es su crimen.
El hombre sostuvo su cabeza entre sus manos en un gesto de conmoción. Nada de eso tenía sentido. Él, ¿un dios? ¡Y uno capaz de crear mundos!
—Fue un proyecto que nunca se materializó. Sí, tenía planes, bocetos, un pendrive con cientos de borradores de cuentos y novelas. ¡Pero jamás lo publiqué! Incluso si eso de que hay personas que pueden darle vida a los mundos de ficción es cierto, ¿por qué ese proyecto? ¿Y cómo se supone que voy a arreglarlo? ¿Debo volver atrás, terminarlo y publicarlo?
La mujer suspiró, quizá apiadándose un poco de un alma que se veía desesperada.
—No sabemos por qué pasa. Solo que ocurre, y en esas extrañas ocasiones, es nuestro deber arreglarlo. Todo mundo debe tener un principio y un final. Esa es la ley de la vida.
Pasó las páginas del expediente.
—Arreglarlo no es fácil. Y puede que falle. Es decir, hay un motivo por el que está aquí, en la oficina de Reencarnación y Transmigración.
»Verá, no puede simplemente volver a la vida, o retroceder a sus días de juventud cuando tenía sueños y aspiraciones. Esas puertas se cerraron. Solo queda una forma de arreglar eso: desde adentro.
El hombre tragó saliva.
—¿Adentro? Está diciendo que… qué tengo que… —Negó con la cabeza.
—Me temo que sí. Para arreglarlo, debe transmigrar al mundo que usted creó y asegurarse de que ese mundo pueda prosperar,
Hubo un largo silencio. La mujer permitió que el hombre asimilara todo lo que acababa de decirle.
—¿Cómo se supone que voy a hacer eso? —preguntó al fin.
—De nuevo —dijo la mujer con claro exaspero—. Oficina de Reencarnación y transmigración. Nosotros nos encargamos de la logística; usted de que la misión se complete.
—¿Y si no lo logro?
—Se va al olvido, junto con el mundo que creó y condenó.
El hombre tragó saliva.
—Muy bien, con sus dudas aclaradas, procedamos.
La oficinista buscó entre las hojas del reporte del caso y tomó una.
—Aquí. Analizamos a todos los «personajes clave» de ese mundo, buscando aquel que es más compatible con su alma. Todos los escritores ponen algo de sí mismos y de las personas que conocen en sus personajes. Eso es inevitable. Pero siempre hay uno que se les parece más que los otros. A veces hacen self-insert.
El hombre hizo una mueca.
—Así que, basado en la investigación previa, el alma más compatible y a la que podría reemplazar es esta.
Le pasó las hojas para que leyera el nombre: Luis Alberto Quevedo Góngora.
—Carajo… —susurró.
Luis Alberto era el personaje principal en algunas de las historias. No en todas, porque su objetivo siempre fue el de crear una historia que se contara en múltiples relatos, cuentos, novelas y, tal vez, otros medios. Todas ellas conectadas con referencias cruzadas y personajes que se repetían. Algo parecido a lo que hacían autores como Lovecraft y King.
«De verdad que aspirabas alto a los quince años», se dijo. «Mira a dónde te llevó eso».
—Así que debo vivir la vida de Luis Alberto. ¿Cómo es que eso me ayudará a completar la historia?
—Tendrá que descubrirlo.
Su cabeza golpeó contra el escritorio. Hacía años desde que había escrito todo eso. Años desde que se perdió el pendrive con los archivos originales. Tal vez incluso la vieja cuenta de OneDrive en la que había guardado el respaldo había desaparecido hacía mucho. Después de todo, hacía como diez años que había perdido la contraseña de ese correo y nunca más pudo conectarse.
—No se preocupe, los mundos tienden a autocompletarse. —Por un momento casi parecía compasiva—. Más aún los que tienen tanto material como este… Incluso si no lo recuerda todo.
Tomó otros papeles de la carpeta.
—Sin embargo, seré sincera, hay demasiados borradores y muy poco material que sea definitivo. En esos casos, el mundo también tiende a intentar buscar el camino más coherente para encajar las cosas. Así que es muy posible que no todo sea como lo recuerde.
—No es que sea mucho —resopló.
La mujer le dedicó una mirada comprensiva.
—Lo mejor es que intente arreglar lo que pueda y sobrevivir. Eso es lo que puedo recomendarle.
»Los mundos son como coches. Y, digamos, que este vehículo tiene casi todas sus piezas intactas y un motor funcional. Solo que no tiene el combustible para arrancar. Ese es su trabajo: llenar el tanque y convertirse en la chispa que encienda el motor. Una vez que pueda andar por sí mismo sin necesidad de su creador, la tarea estará completada.
No sonaba del todo mal. Salvo que Luis Alberto no era precisamente un personaje que pudiera quedarse a un lado de la trama. Al menos no de toda ella.
«Al menos su historia transcurre en el siglo XXI», se dijo. No tendría que lidiar con algún periodo de tiempo sin medicina y comodidades modernas.
Además, Luis tenía una buena vida. O la había tenido, hasta que ella apareció.
—Muy bien, ¿qué hacemos ahora? —la cuestionó.
—Tiene varios caminos a elegir. Los caminos de «salté a un mundo de fantasía» no son accesibles, dado que va a reemplazar a un alma dentro de ese mundo. Pero quedan los clásicos de «recordar tras un accidente casi mortal», crecer con sus recuerdos y un favorito reciente «con sistema».
El hombre hizo una mueca ante sus pocas opciones.
—Recomiendo la última —dijo la chica—. Le da menos libertad al tener que seguir misiones, pero también más posibilidades. Y, como jugador de RPG, no debería resultarle muy complicado.
»Pero, lo más importante, la estructura caótica del mundo que abandonó significa que tener acceso a información del estado del mismo le facilitará mucho las cosas.
Eso tenía mucha lógica. En especial si venía con algún tipo de enciclopedia, diario de misiones o bestiario.
—Ah, y una cosa más, si elige sistema, puedo darle tres tickets de personalización. Puede canjearlos en la tienda por cosas que podrían serle útiles.
—Parece que está empeñada en que elija el «Sistema».
—Lo imagina.
—No lo creo.
—Sí, lo hace.
El hombre cerró los ojos. Suspiró. Eran muy buenos puntos, considerando todo el tiempo que había pasado y lo verdaderamente caótico que había sido el worldbuilding de su proyecto creativo.
—¿Puedo ver esa tienda?
—Necesita elegirlo primero.
Frunció el ceño.
Ella tenía razón en una cosa: era un jugador asiduo de RPG, además de haberse leído uno que otro manual de rol de mesa; aunque nunca llegó a jugar alguno de estos últimos.
—Muy bien, será una transmigración con sistema.
—¡Excelente elección!
Se giró hacia el monitor y comenzó a teclear en la computadora.
Pasaron varios minutos en los que solo se escuchaba el golpeteo de las teclas y el sonido monótono de un reloj de manecillas.
—Muy bien —dijo la mujer, sacando una tableta del cajón de su escritorio—. Le recuerdo, tiene solo tres tickets. Elija sabiamente.
Había una aplicación abierta en la tableta. Parecía la típica tienda de micropagos de los juegos de móvil. En la esquina superior izquierda, había un ícono de un boleto y un número tres a su lado.
Las opciones en la tienda enlistaban mecánicas de juego clásicas de los RPG. Combate activo, por turnos, con cartas; progresión por nivel, lineal, con habilidades. Incluso había sistemas completos basados no solo en videojuegos, sino en los juegos de rol tradicionales.
Tras un largo rato analizando todas las opciones, se le ocurrió algo.
Marcó tres de los «objetos» de la tienda y oprimió canjear.
—Interesante… —murmuró la oficinista mientras leía la información en su computadora—. Eligió convertir al mundo en una experiencia sandbox al estilo de Bethesda, con misiones como las de Skyrim y un sistema de creación de personajes inspirado en el de Mundo de Tinieblas. —Comenzó a teclear en la computadora.
—Una buena combinación, ¿verdad? —dijo él, orgulloso.
Si iba a estar atrapado en su propia historia, la cual, francamente, era un desastre que nunca terminó, no quería lidiar con un sistema estricto de misiones. Prefería ir a su propio ritmo.
—No todo va a traducirse al cien por ciento —comentó la oficinista—. Los RPG de Bethesda no comenzaron en Skyrim, ¿sabe? Introduciré los parámetros y el mundo se adaptará a ellos en lo posible. Pero, te recuerdo, que pese a que no terminaste la historia, tenías una línea de tiempo de lo que considerabas canon. Es muy posible que eso se traduzca a un sistema de tiempo similar al que había en Arena y Daggerfall.
El hombre suspiró. No le quedaba otra que arriesgarse.
Pasaron varios minutos más, mientras la oficinista seguía tecleando en su computadora.
El hombre incluso comenzó a cabecear. Los sonidos y la ambientación de esa oficina le daban mucho sueño.
—¡Muy bien! —exclamó la oficinista.
El hombre, tomado por sorpresa, saltó.
—¡Todo aprobado! —Sacó un sello y comenzó a marcar las hojas dentro del legajo—. Felicidades, señor… ¡Luis Alberto Quevedo Góngora! Mejor que comience a acostumbrarse a ser llamado así. Su transmigración ha sido aprobada.
»Como su agente asignada, estaré monitoreando su progreso y me encargaré de la administración de su sistema.
»Esperamos que tenga una experiencia de transmigración satisfactoria. ¡Mucha suerte en su misión!
Mientras decía lo último, golpeó la última hoja con el sello de aprobación.
El hombre…, ahora Luis Alberto, no pudo decir nada más. Su visión comenzó a oscurecerse en los bordes y perdió el conocimiento.
. . .
CARGANDO SISTEMA
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