Capítulo 1: ¿Qué es «Duelo de Monstruos»?
« ANTERIOR | ÍNDICE | SIGUIENTE »
Capítulo uno
¿Qué es «Duelo de Monstruos»?
1
El niño se dejó caer sobre la hierba del parque, ocultándose detrás de un arbusto. Se abrazó a sí mismo, haciéndose «bolita», como si quisiera desaparecer. Tenía las mejillas sucias debido a las lágrimas de frustración, las cuales, a esas alturas, ya se habían secado.
«¿Por qué las cosas tienen que ser así?», seguía preguntándose. «¿Por qué ya no puedo hacer todo junto con mi hermano?».
Anhelaba volver a los días antes de que Dumbledore se entrometiera en la vida de su familia. Comprendía que su hermano debía comenzar a entrenarse para usar magia un poco antes que él. Había magos malos allá afuera que querían hacerle daño. Pero no entendía por qué no podían hacerlo juntos.
Eran hermanos gemelos y se suponía que los hermanos gemelos siempre hacían todo juntos. Como los gemelos Weasley, quienes incluso se completaban las frases el uno al otro y parecían saber lo que su hermano estaba pensando todo el tiempo.
Tampoco comprendía por qué su padre se enfadó con él cuando decidió que era suficiente y dijo en voz alta lo que pensaba. Sus padres siempre les habían inculcado que, cuando estabas frente a una injusticia (palabras de su madre), lo último que debías hacer era quedarte callado. Entonces, ¿por qué se negaron a escucharlo cuando denunció lo injusto de aquello?
Apretó más su abrazo sobre sí mismo, mientras sacudía la cabeza, tratando de deshacerse de esos pensamientos amargos.
Se quedó allí por un largo rato, quizá una hora o dos, hasta que el sol ya estaba descendiendo al oeste del pueblo y las sombras de la tarde comenzaban a ganarle terreno a su luz dorada.
Su llanto se convirtió en hipidos. Se quitó los anteojos, los limpió con su camisa y luego hizo lo mismo con su cara, usando su manga para esto.
El niño estaba a punto de marcharse, cuando el sonido de unas voces infantiles llegó desde el otro lado del arbusto. Eran de un niño y una niña. Permaneció quieto un momento, tratando de escucharlos. No entendía muy bien todo lo que decían; sin embargo, algunas de las palabras que captó le resultaron conocidas: magia, ritual, elfo…
Rodeó el arbusto, buscando una mejor posición desde la cual escuchar. Por lo que había oído antes, bien podían ser niños mágicos, igual que él. No obstante, razonó, los magos no decían esa clase de cosas de forma tan abierta. Al menos no en un parque como ese, donde los muggles podían escucharlos. Sus padres siempre les habían repetido a él y a Charlus, su hermano gemelo, lo importante de mantener la magia en secreto cuando iban a sitios públicos del mundo no mágico.
Se acercó un poco más, tratando de ser lo más cuidadoso posible para que los otros niños no se percataran de su presencia. Él era muy tímido, sobre todo porque no acostumbraba a salir de casa sin sus padres. La única razón por la que ahora se encontraba solo en el parque era porque había salido corriendo de casa, escapando del regaño de su padre.
Sintió una punzada de dolor al recordar eso. ¿Dónde estaban sus padres? Imaginó que a esas alturas ya deberían haber salido a buscarlo. A menos que pensaran que estaba en su habitación, que fue a donde su padre lo envió antes de que decidiera escapar. No era el tipo de cosas que acostumbraba a hacer, pero estaba tan enfadado que por una vez decidió que no tenía por qué obedecer a su padre.
Sacudió la cabeza, en un intento de apartar eso de su mente. Ya se las arreglaría con sus padres después. Por ahora, lo único que quería era saciar su curiosidad y descubrir qué estaban haciendo esos niños.
Los niños estaban sentados en una de las mesas para pícnic del parque. Desde donde se encontraba, se dio cuenta de que estaban jugando a un juego de cartas. No parecían ser del tipo de cartas que explotaban o llenaban a los jugadores con sustancias pegajosas. Siendo así, debían ser de esos naipes sin magia que su padrino Sirius usó para enseñarles a él y a Charlus a jugar póker. Recordó que su madre los confiscó cuando se dio cuenta de que estaban apostando dinero real. Después de eso, regañó a su padrino y le prohibió volver a llevar juegos como ese a su casa.
Ahora que estaba más cerca, podía escuchar con más claridad lo que decían:
—¡Eso no es justo! —se quejó la niña mientras barajaba su mazo de cartas.
—¡Es un duelo! —respondió su compañero con un tono presumido—. Gana quien haga las mejores jugadas.
—Lo sé, pero ese monstruo es muy poderoso. ¡Mi pobre elfo no tenía ninguna oportunidad!
¿Un elfo en un juego de cartas no mágico…? ¡Por supuesto! Había oído a su madre decir que algunas criaturas mágicas aparecían en diversos juegos y cuentos muggles. Así que después de todo no eran magos. Pero saber eso solo disparó más su curiosidad por lo que hacían. ¿Cómo sería ese juego? Esos niños parecían tener su edad, ocho años. Tal vez si se acercaba y preguntaba… Sacudió la cabeza. No podía simplemente llegar y decir algo como: «Hola, ¿a qué juegan? ¿Puedo jugar también?». ¡Ni siquiera conocía a esos niños!
A pesar de esos pensamientos, siguió espiando, incluso cuando sabía que hacer eso era de mala educación. Su madre siempre fue muy insistente con eso.
El chico estaba mirando las cartas en su mano, pensando qué hacer a continuación. Era un niño de tez blanca y cabellera de color azul verdoso, con muchos mechones con forma de picos que apuntaban en todas direcciones.
—Invoco Normal a «Capitán Merodeador» —anunció mientras tomaba una carta de su mano y la ponía en la mesa—. Con su efecto, puedo invocar un segundo «Capitán Merodeador». Y ya sabes lo que significa…
—¡No se vale! —se quejó su amiga—. Siempre sellas mis ataques. ¡Detesto ese combo!
El niño de cabello azulado respondió con una carcajada que solamente enfurruñó más a su compañera. Mientras reía, miró hacia atrás de su amiga, notando que alguien los estaba viendo desde los arbustos cercanos.
El chico escondido en los arbustos se dio cuenta de inmediato de que lo habían descubierto y trató de retroceder. Demasiado tarde. El niño de cabello azul verdoso alzó la mano en su dirección para saludarlo. Sobresaltado, se agachó lo más que pudo para ocultarse tras las hojas.
—¡Hola! —lo llamó el niño.
Al escucharlo, pensó en echar a correr por la vergüenza de haber sido descubierto espiando.
—¡Vamos, no seas tímido! —volvió a llamarlo el niño.
Se sentía entre la espada y la pared. No quería volver a casa, pero tampoco quería esconderse en ese arbusto por más tiempo. Tras un par de minutos, se armó de valor y alzó la cabeza para confrontar a los otros dos niños.
La niña ahora también miraba en su dirección. Tenía el ceño fruncido, pero parecía más curiosa que enfadada por descubrir que los había estado espiando.
Notó que los dos niños se parecían un poco entre sí. Sus ojos y su nariz eran muy similares, únicamente que la cabellera de ella era de color castaño oscuro y se veía mucho más ordenada que la del chico.
Tal vez son hermanos, pensó.
Respiró profundamente y apretó los puños. Armándose de valor, rodeó el arbusto y se acercó a ellos.
—Soy Johan —se presentó el niño, sonriendo ampliamente.
No parecía molesto porque hubiera estado espiándolos.
—Ella es mi prima, Samantha.
La niña, Samantha, le sonrió, saludándolo con un gesto de su mano.
—Soy Harry —se presentó con voz baja.
Harry miró las cartas con las que jugaban los primos. Eran pequeñas, casi del mismo tamaño que los naipes que su madre le confiscó a su padrino. Las cartas eran de varios colores —amarillo, naranja, verde…—. Al centro, tenían una imagen que representaba a algún personaje del juego, objetos o escenas; y un cuadro con un texto en la parte inferior con las instrucciones para usar cada carta. Le llamó la atención que algunas de ellas (las de color naranja y amarillo) tenían una línea de estrellas de color naranja en la parte superior. Justo esas cartas eran las que parecían representar a personajes o criaturas del juego.
—¿Juegas Duelo de Monstruos? —preguntó Johan al ver que miraba las cartas.
Harry negó con la cabeza. Johan le sonrió.
—Bueno, entonces, presta atención.
Harry se sentó al otro lado de Johan y observó cuidadosamente como los primos jugaban una partida.
Mientras jugaban, Johan comenzó a explicarle las reglas:
—Lo primero que debes saber es que hay tres clases principales de cartas: monstruos, mágicas y trampas. El objetivo del juego es acabar con los Puntos de Vida de tu oponente, a la vez que defiendes los tuyos. Los monstruos te ayudarán a esto, mientras que las cartas mágicas sirven para apoyarlos y las trampas para debilitar la estrategia de tu oponente.
—Eso es lo básico que pueden hacer —agregó Samantha—. Pero no necesariamente todas hacen lo mismo. Hay cartas mágicas o de trampa, incluso monstruos, que pueden hacer más cosas: como buscar un monstruo en tu baraja, o recuperar una carta del Cementerio, que es a donde van las cartas que ya han sido utilizadas.
Así, Johan y Samantha continuaron explicándole a Harry el funcionamiento del juego.
Al principio a Harry le pareció que era muy complicado. No a un nivel que lo hiciera imposible de jugar; más bien parecía del tipo de juegos que se volvían más o menos complejos dependiendo de la destreza de sus jugadores. Eso le daba al Duelo de Monstruos un toque distinto a los juegos de cartas convencionales, incluso comparándolo con los del mundo mágico, y lo volvía más parecido al ajedrez. Le agradó que fuera de ese modo. Le recordaba las partidas de ajedrez mágico que solía tener con su madre, antes de que Dumbledore decidiera que Charlus era más importante que él. Aunque aquí los monstruos no gritaban malos consejos a los jugadores, o se salían de las cartas para romper las del adversario.
Observó a los primos jugar varias partidas, o duelos, tratando de memorizar las reglas.
Johan usaba una baraja de guerreros, mientras que Samantha prefería jugar con monstruos de Tierra, valiéndose de sus cartas mágicas para potenciar sus puntos de ataque y buscar abrumar a su primo con fuerza bruta.
A medida que ellos jugaban, Harry comprendió muchas de las reglas básicas del Duelo de Monstruos. El juego se desarrollaba en turnos, los cuales estaban divididos en seis fases. Las fases servían para determinar en qué momento se hacían ciertas acciones (robar cartas del mazo o activar un tipo específico de tarjeta).
Los primos le hablaron de las distintas clases de cartas de monstruo (normales, de efecto, rituales y fusiones), así como los tipos de cartas mágicas y de trampa, y cómo identificarlas.
Finalmente, se turnaron para prestarle sus cartas y que probara el juego por sí mismo.
Los niños perdieron la noción del tiempo. No se dieron cuenta hasta que las luces del parque se encendieron, indicando que eran casi las nueve de la noche. Habían estado poco más de tres horas inmersos en la plática y el juego. Harry no se arrepintió de eso. Era la primera vez que se divertía tanto con otros niños de su edad, que no fueran su hermano o el chico Weasley, Ron. Sin embargo, sabía que sus padres ya debían de haberse dado cuenta de que no estaba en la casa, considerando que se había saltado la cena.
—Ya es muy tarde —dijo, mientras se ponía de pie y le devolvía sus cartas a Samantha—. Tengo que irme. Fue un placer conocerlos.
—Sí, nosotros también tenemos que irnos —concordó Johan, rascándose la nuca con vergüenza—. La tía Olivia debe estar muy molesta porque nos saltamos la cena.
Samantha asintió, mostrándose de acuerdo con su primo. Se estremeció solo de pensar en qué castigo les daría su madre.
—¿Crees que puedas venir mañana? —preguntó Johan a Harry—. Cerca de las dos de la tarde.
Harry lo pensó un momento. Sus padres tenían una de sus visitas a Hogwarts, el colegio en el cual Dumbledore era el director, para uno de los entrenamientos mágicos de Charlus. Estaría solo en casa casi todo el día. Sí, sin duda, podría ir…, si su madre no lo castigaba.
—Eso creo —respondió dudoso.
—Bueno, si puedes venir, trae algo de dinero —dijo Johan—. Si no es problema, claro. ¡Te ayudaremos a elegir tus primeras cartas!
Johan sonrió ampliamente cuando vio cómo los ojos de Harry brillaron de emoción. Esa emoción se apagó casi al instante, reemplazada por la duda.
—¿Cuánto? —preguntó Harry, todavía dudando. Incluso si lograba escapar, no estaba seguro de poder llevar dinero.
Johan se encogió de hombros. No estaba seguro de los precios locales (estaba de visita en casa de su prima por el verano). Para su suerte, Samantha salió en su rescate:
—Un mazo de principiantes cuesta alrededor de doce libras —dijo—. Y los sobres de refuerzo, unas tres libras cada uno.
Harry asintió lentamente para mostrar que entendía. Era una cantidad grande. Él y su hermano habían aprendido a utilizar el dinero muggle por instrucción de su madre, así que sabía perfectamente cuánto era ese dinero. Tenía ahorradas unas cuarenta libras, creyó recordar, solamente en caso de necesidad de usar dinero muggle. Suponía que bien podía gastar la mitad; después de todo, era su dinero.
—Muy bien —estuvo de acuerdo—. Los veré mañana... Si puedo…
—Si no puedes, estaremos aquí todos los días hasta el final de las vacaciones —dijo Johan—. No hay mucho más que hacer en el pueblo.
Samantha giró los ojos.
—Perdón, no todos podemos vivir en una gran ciudad como tú.
Johan le sacó la lengua.
Harry rio divertido por la interacción de los primos. Volvió a despedirse de ellos, dio media vuelta y se marchó.
2
Ahora que Harry ya no estaba distraído por ese emocionante juego de cartas, cayó en cuenta del enorme problema en el que se metió al escapar de esa forma. Lo más probable era que enfrentaría esa legendaria «furia pelirroja» de su madre.
Avanzó entre las calles oscuras hacia la parte en donde las familias mágicas tenían sus casas, es decir, al norte del pueblo. Pasó frente a la vieja iglesia y el cementerio en el cual estaban las tumbas de varias generaciones de miembros de la familia Potter. Así como de otras muchas familias, mágicas y no mágicas, que habían vivido en el pueblo durante generaciones.
Cuando llegó a su casa, se dio cuenta de que todas las luces estaban encendidas a pesar de que ya era tarde. A esa hora, por lo general, él y Charlus ya estaban en la cama y sus padres en su habitación preparándose para dormir. Eso cuando su padre no recibía una llamada de emergencia del trabajo o tenía que quedarse horas extra.
Su padre era un auror: un mago que defendía a la gente de los magos malos, y los magos malos no siempre respetaban la hora de dormir.
Se detuvo en la verja delantera y dudó un momento sobre si entrar o no. Tal vez fuera mejor dar la vuelta y entrar por la puerta trasera, solamente en caso de que sus padres no se hubieran dado cuenta de que no estaba en su habitación… Algo absurdo, pues su madre no le habría permitido saltarse la cena).
Harry se mordió el labio, respiró profundamente y tomó su decisión: Abrió la verja y rodeó la casa a través del jardín, rumbo al patio trasero.
Entró por la puerta de la cocina, y luego trató de caminar a hurtadillas hacia las escaleras. Se detuvo en el pasillo, justo frente a las puertas de la sala de estar. Albus Dumbledore estaba sentado allí, viéndolo directamente con un gesto divertido. Los ojos del anciano brillaron detrás de sus anteojos de media luna.
El hombre estaba vestido con una túnica color azul eléctrico, con estrellas amarillas estampadas, y un sombrero de mago a juego; casi igual a Merlín en aquella película animada que su madre los llevó a ver en un cine de Londres el verano anterior.
—Buenas noches, Harry —saludó el anciano.
—Ejem, buenas noches…, señor —respondió, apenado por verse descubierto.
No parecía que sus padres estuvieran por allí.
—Han ido a buscarte —le aclaró Dumbledore (a Harry le pareció que el anciano podía leer sus pensamientos)—. Realmente nos preocupaste a todos. Pero ya que estás aquí, creo que les enviaré un mensaje.
Dumbledore agitó su varita mágica, y al instante la figura plateada de un fénix emergió desde la punta. El ave cruzó la sala y luego salió por el pasillo, pasando por el lado derecho de Harry, en dirección a la puerta principal.
—Estoy seguro de que vendrán muy pronto —dijo el director.
El anciano llevó su mano derecha al bolsillo de su túnica y sacó un puñado de caramelos de color verde envueltos en papel transparente.
—¿Gustas de un caramelo de limón? —ofreció.
Harry negó con la cabeza. El director pareció triste ante su negativa. Se recompuso en un segundo. Sonrió, desenvolvió uno de los dulces y se lo llevó a la boca.
Mientras el anciano disfrutaba de sus caramelos, Harry estaba pensando.
Si Dumbledore estaba en su casa, era obvio que había ido a ver a sus padres. Seguramente habían estado toda la tarde hablando sobre Charlus y su futuro. Eso era de lo único de lo que se hablaba en la casa Potter por esos días. Tal vez por eso sus padres no notaron que se escapó. Ese pensamiento trajo la punzada de dolor.
Sin embargo, se dijo, fueron a buscarte. Eso significaba que todavía les importaba, ¿verdad?
Quiso golpearse a sí mismo por cuestionarse esas cosas. ¡Por supuesto que aún era importante para sus padres! ¡Era su hijo! ¿No es eso lo que los padres hacen? Preocuparse por sus hijos.
Pero las dudas y la incertidumbre, provocadas por los cambios ocurridos en su familia durante el último mes, permanecieron en lo más profundo de su mente, lastimándolo. Esperaba que en algún momento del futuro desaparecieran. Detestaba sentirse de esa forma con respecto a su propia familia, pero, sobre todo, detestaba la envidia que comenzaba a sentir hacia su gemelo mayor y su futuro supuestamente brillante. ¡Era su hermano, por Merlín!
Mientras Harry meditaba todas esas cosas, Dumbledore permaneció sentado en el sofá, degustando sus caramelos en completa tranquilidad. Cualquiera que viera al anciano director podría pensar que estaba absorto en sus propios pensamientos. En realidad, estaba analizando al más joven de los hermanos Potter y la manera en que se comportaba.
No necesitaba ser un maestro en legeremancia para saber las cosas que estaban pasando por la mente del niño. Era una especie de maldición para quienes tenían un hermano sobresaliente. A lo largo de su vida, había dedicado largas horas a meditar sobre la manera en que su hermano Aberforth debió sentirse al tener la presión de vivir a la sombra de sus logros. En la actualidad, Dumbledore cambiaría toda su reputación y reconocimientos por una verdadera relación de hermanos con Aberforth… Por tener a su familia intacta y no tener que soportar cargar con el peso de sus errores de juventud.
Sin embargo, el pasado es el pasado. No era posible cambiarlo. Únicamente esperaba que los jóvenes Potter pudieran arreglar sus diferencias y no terminaran como ellos.
El anciano salió de sus pensamientos cuando la puerta principal se abrió. Una llorosa Lily Potter corrió hasta su hijo menor y lo abrazó.
—¡Harry! —se escuchó la voz de James Potter—. ¡No vuelvas a asustarnos así! ¿Dónde has estado?
Su madre se apartó un poco y lo miró de manera inquisitiva, ya más aliviada al comprobar que estaba bien.
—Yo…
Harry descubrió de pronto que le era muy difícil hablar con claridad. Se sentía avergonzado de haber actuado como lo hizo, de haber hecho llorar a su madre y preocupado a su padre.
—Estaba en…, el parque. —Su voz era muy baja.
—Es bueno ver que el pequeño Harry está a salvo con su familia. —Dumbledore interrumpió el momento familiar.
El anciano se había levantado del sofá y ahora caminaba hacia ellos.
—Ya es tarde y debo volver a Hogwarts. Seguramente todos se preguntan por qué me he saltado la cena.
—Gracias por cuidar a Charlus, director —dijo Lily Potter.
—No es nada. Estaba tan cansado que se ha dormido casi al instante.
El anciano continuó su camino en dirección a la puerta.
—Los veré mañana —se despidió.
—Buenas noches, Albus —dijo James Potter, antes de que la puerta se cerrara detrás del anciano.
James Potter volvió a centrar su atención en su hijo.
—Espero que entiendas lo preocupados que estábamos todos —dijo mientras le veía de forma severa.
Harry bajó la cabeza, avergonzado. No era normal que su padre hiciera eso. Él siempre dijo que de los dos era el más «genial», mientras que los castigos eran cosa de su estricta esposa.
—Lo siento —murmuró.
Lily soltó un suspiro de alivio por haber superado esa crisis. Nunca antes había experimentado algo así. No desde aquella noche fatídica en que Voldemort aprovechó su ausencia para atacar a sus hijos. Desde ese día, Lily no se había permitido estar un solo momento sin asegurarse de que ambos estaban bien, seguros en su casa o en las de sus amigos. El hecho de que ese día Harry hubiera podido salir de la casa, a pesar de las barreras colocadas para evitar esto, le demostró lo fútiles que podían llegar a ser sus intentos por mantenerlos a salvo.
Dumbledore se lo había dicho: no podía tenerlos vigilados en casa toda la vida. En algún momento debían salir y enfrentarse al mundo. Ella únicamente tenía la esperanza de que, cuando eso pasara, pudiera controlarlo.
Esa tarde tuvo una dosis amarga de realidad.
El hecho de que Harry hubiera podido saltarse los escudos, sin que ninguno de ellos se diera cuenta, en su enojo por la discusión que habían tenido esa tarde, les demostró que, como su hermano, Harry era un mago poderoso. Y que tendrían que protegerlo lo mejor posible, previendo que volviera a escapar como ese día.
—Debes estar hambriento —dijo Lily—. Te prepararé algo ligero para cenar.
Harry siguió a su madre a la cocina. James fue hacia la chimenea para contactar con Sirius y Remus por Flú. Debían estar muy preocupados. La única razón por la que no estaban allí buscando, era porque Remus acababa de tener su problema peludo un par de noches atrás. Mientras que Sirius estaba en medio de un caso importante y no podía ausentarse de sus deberes de auror.
Mientras tanto, Lily sirvió dos sándwiches de queso a su hijo, acompañados por un vaso con leche. Harry devoró la comida en silencio, mientras su madre salía de la cocina para ir a hablar con su padre en su estudio.
La mente del niño era un hervidero de pensamientos encontrados. Habían sucedido muchas cosas ese día: la discusión con su padre, su escapada al parque, el encuentro con Johan y Samantha y, sobre todo, el Duelo de Monstruos.
¡Era un juego increíble! Le asombró que las personas sin magia hubieran creado un juego tan emocionante sin necesidad de cartas que explotaban, o pelotas homicidas persiguiendo a los jugadores. No era que el Duelo de Monstruos fuera superior o mejor que los juegos mágicos; más bien había un cierto toque de magia oculta en él que era capaz de atrapar a magos y muggles por igual. O al menos eso le pareció.
Tal vez, pensó, sus creadores habían sido magos hijos de muggles o squibs expulsados del Mundo Mágico, y ellos hicieron el juego como un recuerdo al mundo al que alguna vez pertenecieron.
Si había aprendido algo de la magia, era que todo era posible.
Hizo una nota mental para preguntarles a sus amigos sobre el origen del juego. Quizá con un poco de sutileza, como le había inculcado su madre cuando les daba lecciones en casa a él y a su hermano un par de años atrás, podría obtener una pista sobre su verdadero origen. Asumiendo, claro, que Johan y Samantha supieran algo al respecto.
Eso le hizo darse cuenta de que tenía un problema: debía pedir permiso a sus padres para ver a Johan y a Samantha al día siguiente. Luego de los problemas que les causó esa noche, no estaba tan seguro de que escaparse de casa durante las lecciones de Charlus como había estado planeando fuera tan buena idea.
Se levantó para llevar el plato y el vaso vacíos al fregadero, justo cuando sus padres entraban de nuevo a la cocina.
—Si ya terminaste, ve a la cama —le ordenó su padre, para luego agregar, mientras pasaba a su lado—: Mañana hablaremos sobre lo que hiciste hoy.
Harry asintió, les dio el beso de las buenas noches y se apresuró a llegar a su habitación en la planta alta.
3
Johan y Samantha se levantaron de la mesa, guardaron sus mazos en los estuches que colgaban de sus cinturones, y comenzaron su camino de regreso a casa, al igual que su amigo había hecho unos minutos atrás.
—Harry es un chico muy simpático —comentó Samantha mientras cruzaban la calle.
—Sí, aunque creo que hoy tuvo un mal día.
—Por eso lo invitaste a jugar —entendió Samantha.
—Bueno, en parte —confirmó Johan—. ¡Siempre es bueno compartir la alegría que trae el duelo con quienes no la conocen!
Samantha comenzó a reír ante esa respuesta tan típica de Johan.
—¡Debí darme cuenta! Contigo siempre es igual.
—¡Por supuesto! Algún día las personas creerán en sus mazos y forjarán vínculos con sus cartas. Pero, eso no sucederá si antes no aprenden a jugar Duelo de Monstruos.
Claro, eso no era todo. Cuando Johan vio a Harry espiándolos, tuvo el presentimiento de que era su deber enseñarle el juego. En el instante en que lo llamó, por un momento tuvo miedo de que Harry lo ignoraría y se marcharía corriendo. Eso habría sido desastroso. Y por la expresión de gatito asustado que tenía, bien pudo haberlo hecho.
Johan había aprendido a confiar en sus instintos en lo que se refería al duelo, y como siempre, estos no le fallaron: Harry era un duelista.
Mientras, Samantha miraba a su primo sin poder evitar sonreír. Johan nunca cambiaría, pero no importaba: no sería su primo favorito si fuera de otra manera.
—Por cierto —dijo Johan de pronto—, me resulta extraño que no conocieras antes a ese niño. El pueblo no es tan grande.
Samantha le dirigió una mirada inquisitiva. Johan tenía una expresión pensativa y estaba rascándose la nuca. Un gesto común en él cuando trataba de descifrar una especie de misterio al que no encontraba una respuesta que le satisficiera.
—Debe vivir en la parte alta del pueblo —respondió ella, manteniendo su mirada al frente del camino.
Estaban cruzando por la zona comercial del pueblo. La juguetería local, que era también el lugar donde compraba las cartas de Duelo de Monstruos, ya estaba cerrada. Lógico, teniendo en cuenta la hora que era.
—¿La parte alta? —preguntó Johan intrigado. Desde que tenía memoria, su familia visitaba a Samantha cada verano, y en todo ese tiempo nunca estuvo allí.
—Sí —respondió ella—. Es la parte más antigua del pueblo. Según la abuela, desde hace siglos, esas familias han heredado las casas de esa zona de generación en generación. Sus antepasados fundaron Valle de Godric en tiempos medievales.
—Eso no responde mi duda —replicó Johan—. !Solamente hay una escuela primaria en todo el pueblo! Debiste haberlo conocido allí.
—Nunca verás a ninguno de los niños de la parte alta estudiando junto con el resto de los chicos del pueblo. Ellos son educados en casa. Sus familias son… extrañas. A la abuela no le agradaban mucho: decía que eran arrogantes y estaban estancadas en la Edad Media. Pero bueno, esa era la abuela; Harry parece un chico agradable.
Samantha se entristeció un poco. Su abuela paterna vivió toda su vida en Valle de Godric y al parecer era descendiente de alguna de esas familias de la parte alta. Su padre, poco después de que ella muriera, le contó que su abuela fue expulsada de la familia, ya que, al parecer, se avergonzaban de ella. Aunque, más bien, era como si la hubieran desterrado, casi como si esas familias pensaran que vivían en un país distinto que el resto del pueblo.
Ahora eso no importaba mucho: en su casa nunca se hablaba de la familia de la abuela. Si a ellos no les importó expulsarla y pretender que jamás existió, entonces no tenían por qué preocuparse por esas personas.
Johan entendió que ese era un tema del que su prima y sus tíos no querían hablar, así que no preguntó más al respecto. Esa era otra de las razones por las que Samantha lo quería tanto: Johan siempre sabía ese tipo de cosas y hacía lo posible por no insistir en una cuestión tan delicada como esa.
« ANTERIOR | ÍNDICE | SIGUIENTE »

Comentarios
Publicar un comentario