Capítulo 1: La carta misteriosa


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Capítulo uno

LA CARTA MISTERIOSA

1

Donde descubrimos que Harry es Luffy, pero Luffy siempre será Luffy

 

Esa mañana, Luffy cazó un inmenso cocodrilo. Ahora, la carne se cocinaba en la enorme fogata, al pie del gran árbol donde había intentado (siendo aquí «intentar» la palabra clave) reconstruir la base de los piratas ASL. El árbol era el mismo, pero la base original hacía mucho que había desaparecido. ¡Un momento! ¿Cómo podía estar seguro de que aquel era el mismo árbol? Fácil: el árbol se lo dijo. Ventajas de ser capaz de escuchar la voz de todas las cosas.

La casa estaba algo torcida. Bueno, muy torcida en realidad: con tablas mal colocadas, clavos sobresaliendo por todas partes y, en general, poco habitable. Siendo así, no era raro que fuera necesario hacer algunas «reparaciones» cada pocos días. Las dos Jolly Roger mal pintadas (la de los piratas ASL y la de los piratas de Sombrero de Paja) ondeaban orgullosas en el asta-bandera. Aun así, era una casa adecuada, por lo menos de momento. Pensaba volver al mar algún día. Su objetivo siempre fue ese, y la muerte y la reencarnación no podían alejarlo de él. ¡Era un pirata, por Oda!

La reencarnación era una cosa misteriosa.

Los primeros años de su nueva vida habían sido de lo más extraños. ¡Nada tenía sentido! Era como si su haki de observación estuviera por todas partes. Captaba imágenes y sonidos de lo más desconcertantes, y su mente se cansaba con más facilidad que cuando intentaba pensar en la solución de algún problema complicado… o en las matemáticas. Tampoco es que fuera muy consciente de su entorno. Recién cuando su nuevo cuerpo cumplió los dos años, la niebla que parecía cubrir sus memorias comenzó a disiparse.

Al cumplir los cuatro años, su haki al fin se estabilizó lo suficiente como para dejar de ser un completo desastre.

El nuevo cuerpo de Luffy era similar y a la vez diferente a su cuerpo anterior.

Tenía el mismo cabello color negro azabache, aunque este era un poco más largo e imposible de peinar… lo cual en realidad no era un problema. No es como si alguna vez se hubiera interesado en intentar arreglarlo en su vida anterior; tampoco lo hacía en esta. Por lo demás, era tan bajito y delgado como en su primera infancia, incluso cuando podía devorar en una sola comida lo necesario para alimentar a una familia de cinco durante una semana completa.

Y claro, su cuerpo ya no era de goma, pues la muerte le quitó su fruta del diablo. Al menos conservaba su haki intacto. Lógico: el haki es una cosa del espíritu y la voluntad, no algo físico.

También sus ojos habían cambiado. Las dos perlas negras dieron paso a dos esmeraldas brillantes.

La cicatriz bajo su ojo derecho se había ido, pero ahora tenía una en forma de relámpago en su frente, justo sobre su ojo derecho, la cual generalmente quedaba cubierta por los mechones rebeldes que colgaban de su cabeza.

A pesar de todos esos cambios, en lo importante, Luffy seguía siendo Luffy.

Actualmente, era un niño de casi once años, y llevaba seis de esos años viviendo solo en la jungla. Antes vivía en una horrible casa, de un horrible vecindario, en la ciudad Foosha, con una jirafa, su esposo cerdo y su hijo cerdo. No le gustaban. Lo mataban de hambre y eran tan desagradables como uno de esos nobles estirados que había conocido en su última vida.

Justo el día que cumplió cinco años, decidió que era lo suficientemente mayor para valerse por sí mismo. O al menos, creía que tenía cinco años. Los animales-persona (no eran minks) jamás se preocuparon por sus cumpleaños. Por suerte, siempre podía confiar en La Voz.

En su vida anterior había sido mucho más joven la primera vez que el abuelo lo dejó por su cuenta en la jungla. Y luego pasó a vivir con bandidos de la montaña durante gran parte de su infancia, así como con sus hermanos, aislados en la inmensidad de la jungla del Monte Colubo.

En resumen: estaba más que preparado para vivir por su cuenta en las calles o en la naturaleza.

Así pues, el día que cumplió los cinco años en esta nueva vida, se despertó con una gran sonrisa en su rostro, a pesar de dormir en el armario debajo de las escaleras. Se dirigió a la cocina y devoró toda la carne que había en el refrigerador. Luego, esquivando los golpes del papá Cerdo, e ignorando los gritos de la jirafa, se dirigió hacia la puerta principal.

Giró sobre sus talones antes de salir, para dedicar una gran sonrisa a las tres personas-animales (en serio, ¡no eran minks!) y se despidió:

—¡Gracias por la comida…! ¡Adiós!

Cerró la puerta, ignorando los gritos y chillidos de papá Cerdo y mamá Jirafa. Caminó tranquilamente, atravesando el jardín, y se fue.

Mientras avanzaba por las aceras, en esa hermosa y cálida mañana de verano, no pudo contener sus ganas de cantar:

 

En las Islas del Este es temprano y de día,

hacen que te excites y te vuelvas idiota…

 

Y esa fue la última vez en su vida que vio a la Jirafa, al papá Cerdo y al hijo Cerdo. Ellos decían ser sus tíos y su primo. Pero lo dudaba. Él no se parecía en nada a una jirafa y, por supuesto, tampoco era un cerdo… aunque Nami insistiera en que comía como uno.

Tampoco es que haya vivido mucho tiempo en las calles, pues casi desde el primer momento decidió que no le gustaba Ciudad Foosha.

No quedaba nada del alegre pueblecito costero que había conocido. La gente no era amable, el alcalde no era un viejo gruñón y no había ningún bar como el de Makino y, por supuesto, la propia Makino tampoco estaba allí.

La ciudad era más parecida a Edge Town, pero mucho más ruidosa. Las calles eran de una extraña piedra que se calentaba mucho con el sol, haciendo que tuviera que recubrir sus pies con su Haki de Armadura para no quemarse. Y los coches que las transitaban hacían un ruido desagradable, especialmente cuando quedaban atrapados en las calles congestionadas. ¡Peor! Los conductores furiosos tocaban con insistencia las bocinas de sus coches, como si eso fuera un hechizo que mágicamente iba a acelerar el tráfico de la hora pico.

Así pues, permitió que La Voz lo guiara hacia las afueras de la ciudad. Dejó atrás el ruido y entró al campo cuando ya era muy tarde, casi al anochecer. Siguió el viejo camino por el que el abuelo lo había llevado muchos siglos atrás, y aunque no era exactamente lo mismo, sabía perfectamente a dónde se dirigía. El campo desapareció y pronto se encontró rodeado por la selva del Monte Colubo.

La selva no había cambiado mucho. Los tigres y demás fauna gigante aún vagaban por allí, y el río todavía estaba poblado de enormes y deliciosos cocodrilos. Sin embargo, el puente sobre el acantilado que él y sus hermanos cruzaban camino a Gray Terminal ya no estaba. Ni la vieja cabaña del clan de Dadan. Pero sí encontró el viejo árbol donde los piratas ASL habían construido su hogar. Y el árbol lo recibió como a un viejo amigo.

Vivir solo en la selva era duro (la soledad todavía era peor que la muerte), pero de tanto en tanto, La Voz le traía los susurros del mundo antiguo que había conocido en otra vida. La vieja canción de los piratas, algo olvidada en la actualidad, todavía podía ser cantada. Y el mar lo llamaba a la aventura.

Además, en las noches tranquilas de verano, cuando se concentraba lo suficiente, los destellos de la presencia de su tripulación se podían sentir a lo lejos. Esas noches se permitía sonreír como antaño. Entonces, se recostaba en su improvisada cama al aire libre, disfrutando del cielo estrellado que no había vuelto a ver antes de dejar Ciudad Foosha. Dejaba que sus presencias lo arrastraran a los viejos buenos recuerdos en el Sunny, con todos ellos a bordo, cruzando el mar en dirección a la siguiente aventura.

Volviendo al presente, Luffy sintió cómo se le hacía agua la boca en el momento en que el olor de la deliciosa carne asada lo golpeó en la nariz. Los cocodrilos eran definitivamente sus favoritos, aunque él no podía cocinarlos con la maestría de Sanji. Claro, para Luffy cocinar era algo tan simple como poner carne sobre el fuego hasta que oliera bien.

Sacó el primer trozo y se lo echó a la boca sin mucha ceremonia, degustando el delicioso sabor de la carne a medio hacer.

Estaba por devorar el segundo trozo de jugoso cocodrilo cuando notó que tenía compañía. Posada en una rama cercana, había una enorme lechuza de mar. Luffy se la quedó viendo un momento, luego miró la carne en su mano y volvió a mirar a la lechuza.

—¡Consigue tu propia carne! —gritó a la lechuza.

El ave, por toda respuesta, le dirigió una mirada indignada. Abrió las alas y planeó sobre Luffy, dejando caer un sobre de pergamino grueso y amarillento sobre su cabeza.

—¡Ah!, ¿qué es esto? —preguntó el niño mientras tomaba el sobre y leía la dirección escrita con grandes letras verdes:

 

Sr. H. Potter

Casa del Árbol ASL,

Mt. Colubo, Reino de Goa, East Blue

 

Luffy contempló el sobre en sus manos, con una mirada confundida en su rostro.

—¿Esto es mío? —preguntó a la lechuza, quien nuevamente estaba posada sobre la rama del árbol.

La lechuza chilló un asentimiento.

—Pero yo no soy el señor «H. Potter». ¡Soy Luffy! ¡Monkey D. Luffy! Te equivocas…

Antes de que pudiera terminar de hablar, tenía una lechuza furiosa picoteando su cabeza.

—¡Basta! —gruñó el niño, liberando algo de Haki, y haciendo que el ave de rapiña retrocediera.

Luffy volvió a contemplar el sobre, esta vez dejando que La Voz susurrara en su oído. El sobre definitivamente era para él. H. Potter… Harry Potter; ese era el nombre que sus padres le habían dado en esta vida, por más que él siempre sería Monkey D. Luffy.

Con cierto recelo, retiró el sello de cera roja y leyó el mensaje:

 

COLEGIO HOGWARTS DE MAGIA Y HECHICERÍA

Director: Albus Percival Wulfric Brian Dumbledore.

 

Querido señor Potter:

 

Tenemos el placer de informarle de que dispone de una plaza en el colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Por favor, observe la lista del equipo y los libros necesarios. Las clases comienzan el 1 de septiembre. Esperamos su lechuza antes del 31 de julio.

 

Muy cordialmente,

Minerva McGonagall

Subdirectora

 

—¿Una escuela? —Luffy hizo una mueca.

Nunca había ido a la escuela. En el mundo de antes eso era para los nobles. En esta vida había escuchado a la jirafa y su esposo cerdo hablar de cómo no lo enviarían hasta que fuera estrictamente necesario.

Tampoco es que lo necesitara: Luffy aprendió todo lo básico mucho tiempo atrás, gracias a Makino. Y el idioma universal (en el cual estaba escrita la carta) lo aprendió del abuelo. Algo que no le gustaba recordar, tomando en cuenta que para el abuelo no había distinción entre el entrenamiento físico y el académico: todo podía entrar con Puños de Amor.

La lechuza se había recuperado de su pequeño encuentro con el Haki del Rey de Luffy, y volvió a posarse en la rama del árbol, desde donde lo miraba con recelo.

—¡No quiero ir a una escuela!

La lechuza resopló… o al menos lo más cercano a eso que puede hacer una lechuza. Y Luffy hizo un puchero, inflando los cachetes, murmurando sobre cómo no necesitaba ir a la escuela. En respuesta, el ave de rapiña comenzó a agitar las alas y chillar de forma estridente. Gracias a La Voz, Luffy sabía que lo estaba regañando. Algo sobre cómo esa decisión no le correspondía a él, sino a sus tutores.

—¡Pero yo vivo solo! No tengo tutores —volvió a protestar.

La lechuza nuevamente se arrojó contra él y le picoteó la cabeza.

El ciclo se repitió durante el resto del día. Luffy se encontró incapaz de ir a ningún lado sin que la lechuza lo siguiera, chillando y reclamándole que necesitaba una respuesta.

Cuando cayó la noche, la lechuza se posó sobre una rama y se dedicó a ulular a todo volumen, impidiendo que el niño conciliara el sueño.

Fue alrededor de la medianoche cuando un muy cansado Luffy, por fin se hartó del concierto nocturno de ruidos de lechuza. Encendió una lámpara de gas y rebuscó entre sus cosas un bolígrafo que pintara más o menos bien. Garabateó una respuesta, la metió en el mismo sobre de la escuela, junto con la carta, y lo ató a la pata de la lechuza.

La lechuza le picoteó la cabeza una última vez. Antes de alzar el vuelo, se robó el trozo de carne que Luffy dejó preparado por si le daba hambre a medianoche, para luego desaparecer en el cielo nocturno. El niño emitió un chillido de protesta ante el robo de su carne, pero ya era tarde… Al menos finalmente podría dormir un poco.

Los siguientes días, la vida de Luffy volvió a ser lo normal para alguien que vive por su cuenta en la jungla. Iba todas las tardes a bañarse al río, para refrescarse ante el calor sofocante de la jungla durante esa época del año, y a veces aprovechaba para pescar su cena. Dos veces por semana subía la montaña para cazar un oso, o iba en busca de alguna de las serpientes gigantes. A veces seguía el río hasta su desembocadura para atrapar algún pez marino o un rey del mar (aunque estos últimos cada vez eran menos comunes).

Y entonces, el día que cumplió once años en esta nueva vida, sucedió:

Fue alrededor del mediodía. Luffy regresaba a casa de la cacería (esa mañana consiguió atrapar un gigantesco oso), y ya saboreaba la deliciosa carne, cuando su Haki de Observación detectó una presencia conocida en su casa. Una persona de su pasado, a quien había detectado antes a lo lejos gracias a La Voz y con quien, de hecho, planeaba reunirse algún día, estaba ahora mismo en su hogar.

Se apresuró a llegar lo más pronto posible. Dejó caer el enorme oso muerto que cargaba, y en su rostro se dibujó su característica sonrisa de oreja a oreja, antes de arrojarse contra la persona y darle el mejor abrazo que pudo con sus pequeños brazos. En ese momento, deseó tener aún su cuerpo de goma, para poder dar varias vueltas alrededor de su nakama.

—¡Brook!

—¡Yohohoho! —recibió como respuesta la característica risotada alegre de su músico.

 

 

2

 

En el que los magos no aceptan un «no» por respuesta

 

Como cada verano, durante la última semana de julio, Minerva McGonagall se encontró en su despacho ordenando las respuestas de los estudiantes de nuevo ingreso que habían recibido la invitación a Hogwarts ese año. Este en especial sería un año agitado: los herederos de muchas de las grandes familias mágicas del East Blue comenzarían su educación mágica. Y también lo haría el Niño que vivió: Ace Potter.

Seguía siendo desalentador que la lista de estudiantes fuera mucho más pequeña que la media. Solo cuarenta nuevos alumnos este año, incluyendo los nacidos de muggles que el Ministerio de Magia de East Blue consideró lo suficientemente «mágicos» para recibir una invitación y una beca.

Hizo una mueca al pensar en esto último. Por más que Albus se había esforzado por eliminar esa molesta ley que limitaba el número de nacidos muggles que podían unirse a Hogwarts, todavía no veían resultados positivos. Ni siquiera con la influencia de familias fundadoras como los Potter, los Bones, los Longbottom o los Black (ahora que Sirius era oficialmente Lord Black y tenía un asiento en el Wizengamot). Desafortunadamente, era complicado reunir los votos a favor de dos terceras partes del Wizengamot para derogar la ley que limitaba las plazas para estudiantes nacidos de muggles.

Sacudió la cabeza levemente para despejar su mente de esas ideas. Volvió a centrarse en su trabajo. Debía terminar eso lo antes posible. Todavía tenía que revisar la lista de los nacidos muggles aprobada por la Junta de Gobernadores de Hogwarts. No esperaba mucho de esta. Desde que Lucius Malfoy presidía la junta, la lista era cada vez más corta.

Bueno, al menos parecía que todos habían aceptado, hasta que llegó al último sobre (el cual había llegado apenas esa mañana y no el día anterior como todos los demás, pequeña curiosidad). De inmediato llamó su atención que la respuesta fue enviada en el sobre de Hogwarts en vez de uno diferente. Nadie reenviaba su respuesta con la carta original. Las cartas de Hogwarts tenían un significado simbólico para las familias mágicas, en especial la primera, tanto así que los padres las guardaban como se guarda la primera escoba o la primera fotografía.

Tomó el sobre y leyó el destinatario con los labios apretados en una línea delgada. Era la carta de Harry Potter, el segundo hijo de la familia Potter, hermano menor del Niño que vivió, y quien había sido enviado a sus tíos por Dumbledore y los Potter como protección. Pero la dirección no indicaba el número 4 de Privet Drive, en Ciudad Foosha, Reino de Goa. Según la carta, Harry Potter vivía en el Monte Colubo: una montaña selvática muy peligrosa habitada por enormes bestias temidas tanto por magos como por muggles.

«Tal vez solamente es un error», se dijo. Dudaba mucho que los Dursley se hubieran mudado a una casa del árbol en medio de la jungla. Por supuesto, sabía perfectamente que no había errores: nada podía hacer que la pluma de Hogwarts se equivocara; su encantamiento había sido creado por los Fundadores mismos. Era una magia tan complicada y poderosa que siquiera pensar en burlarla era absurdo.

Respiró profundamente para tranquilizarse y abrió el sobre. Dentro había un pequeño papel arrancado apresuradamente de un cuaderno muggle. En él se podían leer dos simples palabras escritas de forma rápida, con la caligrafía descuidada de un niño que parece estar aprendiendo a escribir:

 

no gracias

 

La profesora McGonagall sintió como si le hubieran dado un puñetazo. ¿Qué se creían los Dursley? ¡Como si pudieran impedir que Harry volviera a su mundo y se reencontrara con su familia!

Tomó el sobre y se levantó para ir a la oficina de Albus. ¡Negar a Harry Potter su derecho a asistir a Hogwarts! ¡Indignante!

Recordó todo el sufrimiento de Lily cuando lo envió lejos, para que su hermana y su sobrino (su única familia en el mundo muggle) pudieran estar protegidos de los ataques de los mortífagos. Que su hermana intentara negarle su derecho a volver a ver a su hijo era cuando menos repulsivo.

Llegó a la gárgola que custodiaba la oficina del director y rápidamente dio la contraseña (caramelo Gyojin), subió las escaleras y entró en la oficina sin mucha ceremonia.

Dentro no solo encontró al director, sino también a los Potter. Sin duda, el destino tenía formas extrañas de actuar: que ellos tuvieran que estar allí, justo el día que recibía la aparente negativa de Harry Potter (¡de Petunia Dursley, más bien!). Eso tenía que ser el destino… o una gran coincidencia. (Sin duda, la mente práctica de la profesora se inclinaba más a lo segundo).

—¿Minerva? —preguntó el director tras la abrupta interrupción de su colega. Casi al instante notó el sobre en sus manos.

—Albus, hemos recibido una negativa de una invitación a Hogwarts.

El efecto fue inmediato: el característico brillo en la mirada de Albus Dumbledore se apagó al instante. Hacía décadas que nadie rechazaba la invitación del colegio. No desde la guerra contra Grindelwald, y mucho menos tras el levantamiento de Voldemort.

Los padres preferían tener a sus hijos en el lugar más seguro del East Blue, lejos de la guerra y sus horrores.

—¿Quién? —preguntó enseguida, notando cómo la mirada de la profesora se desviaba en dirección a los Potter.

—Harry Potter.

Lily Potter se levantó abruptamente de la silla al escuchar el nombre de su hijo, mientras James Potter hacía una expresión como si alguien le hubiera arrojado un balde de agua fría en un día de invierno.

—¿Es de Harry? —preguntó Lily casi en un suspiro.

La profesora McGonagall se apresuró a entregar el papel que venía dentro del sobre al director, quien leyó en voz alta:

—«No, gracias».

—Debe ser cosa de los Dursley —se aventuró a conjeturar la profesora—. Pero lo que más me preocupa es la dirección de destino del sobre: Monte Colubo, en el Reino de Goa.

Lily al instante se llevó las manos a la boca. Habiendo crecido en la capital del Reino de Goa, conocía muy bien la reputación del Monte Colubo, uno de los lugares más peligrosos del East Blue y posiblemente del mundo (era sorpresa que no estuviera en Grand Line).

—¿Por qué nuestro Harry estaría en el Monte Colubo? —preguntó James Potter con furia apenas contenida.

Una extraña presión se dejó sentir en el ambiente, como si de pronto una fuerza intentara derribar a todos los presentes. La profesora tuvo que sentarse, y Dumbledore sintió que, modestias aparte, si no estuviera entre los magos más poderosos del mundo aún con vida, estaría en el suelo.

—Lo averiguaremos —se apresuró a decir el director.

Sin muchos preámbulos, las cuatro personas en la oficina se dirigieron a la chimenea, decidiendo usar la red flú para viajar a Las Tres Escobas. Desde allí caminaron hacia el punto de aparición de Hogsmeade.

En poco tiempo estaban frente al número 4 de Privet Drive.

—¿Qué haces aquí? —espetó Petunia en cuanto abrió la puerta y vio a su hermana.

—¿Dónde está Harry, Tuney? —Por el tono de voz era claro que le costaba mantener el control.

—¿Y por qué debería saberlo? Ese niño no era más que problemas. Jamás escuchaba lo que le decíamos. Un día simplemente abrió la puerta y se fue. Si de verdad les importa, entonces no debieron echarnos la carga a nosotros.

Grave error. Al instante, la misma presión que sintieron en la oficina del director se dejó sentir en la casa de los Dursley. Petunia se desplomó casi al momento, dejando escapar espuma por la boca (no fue la única: en otras casas cercanas el fenómeno se repitió).

Una vez James Potter se tranquilizó, el director reanimó a Petunia y comenzó un interrogatorio.

Por miedo, la mujer habló sobre muchas de las cosas que habían hecho ella y su esposo a su sobrino, y una vez más, dejó en claro que el niño se había marchado de la casa al cumplir los cinco años y nunca más habían sabido de él.

—Era un niño pequeño, Tuney —dijo Lily Potter—. ¿Cómo podría simplemente salir por la puerta sin que tú o tu esposo pudieran evitarlo?

—¡Porque el niño es un monstruo! —espetó molesta, con su furia superando el miedo por unos momentos—. Tiene una fuerza inhumana. ¡Destrozó el brazo de un niño en el parque como si fuera una ramita seca! ¿Cómo se supone que detuviéramos a ese mocoso del infierno?

Lily Potter retrocedió un paso. Miró a su hermana, no queriendo creer que esta era la hermana con quien había crecido. Que, pese a toda la mala sangre entre ellas, Tuney no podría hacer eso a su propio sobrino.

—¡Tenía cinco años! —volvió a espetar—. Solo un niño pequeño…

—¡Pues si tanto te preocupa, debiste venir antes por él!

Con eso, Petunia Dursley los echó de su casa. Los magos no intentaron forzar más respuestas de ella y volvieron a Hogwarts.

—Supongo que tendremos que enviar a un profesor a recoger al joven Harry —dijo Dumbledore. Por una vez parecía que sus cien años de edad realmente le pesaban.

—Es peligroso, incluso para un mago bien entrenado y poderoso, entrar a ese lugar —replicó McGonagall.

—Y Harry ha estado viviendo allí la mitad de su vida —susurró Lily, sintiendo cómo las lágrimas corrían por su rostro. ¿Por qué había dejado que la convencieran de enviar lejos a su hijo?

—¡Yo iré! —se apresuró a decir James, y al instante tuvo que retroceder cuando sintió una punzada en su pecho. Un reflejo de una enfermedad de otra vida.

—Creo que Brook podrá ocuparse —dijo finalmente Dumbledore.

—¡Pero él es un squib! —replicó la profesora. Para un mago sería difícil, para un squib casi imposible.

—Y un veterano del Nuevo Mundo —repuso el director—. Cualquiera que sobreviva a Grand Line, sea mago, squib o muggle, puede sin duda abrirse paso a través del Monte Colubo.

McGonagall suspiró exasperada. Estaba claro que no conseguiría convencer a Albus de lo contrario. Por Merlín, solo esperaba que supiera lo que estaba haciendo.

—¿Cómo encontrará Brook a nuestro Harry? —preguntó Lily.

—La lechuza que llevó la carta al joven Harry sin duda podrá guiarlo hacia donde se encuentra.

El director tomó el sobre y leyó la dirección:

—Casa del árbol ASL, Monte Colubo, Reino de Goa.

Lily sintió de nueva cuenta una opresión en su pecho, y de no ser porque su esposo la sostenía, se habría derrumbado allí mismo.

Era una pesadilla. Después de todo ese tiempo, de las promesas de que todo estaría bien, ahora descubría que su bebé estaba solo en esa horrible selva.

—Tenía cinco años —susurró—. Ha estado allí solo durante seis largos años.

Al menos, sabían que estaba vivo. Su nombre se habría borrado de la lista del colegio de no ser ese el caso.

 

 

3

 

Aquel en el que el músico vuelve a reunirse con su capitán

 

Brook Hanauta era un veterano del Nuevo Mundo. Y posiblemente el último vestigio, además de la magia, de una era en la que lo mágico no se separaba de lo no mágico. Una era que, para los llamados muggles, era casi mitología; y para los magos era la época del amanecer de su civilización.

¡Ah!, él podía contar mejor la historia de esos días que cualquier profesor de historia de la magia: porque él había estado presente en primera fila. Más que eso, ¡era uno de los responsables de la división actual entre lo mágico y lo no mágico!

Brook no era un mago, pero tampoco un muggle o un squib, como decían los registros que Dumbledore amablemente creó para que pudiera vivir en esta nueva sociedad sin levantar muchas sospechas. Brook era el último usuario real de una Fruta del Diablo, el Rey del Soul, el único miembro superviviente de la Gran Era Pirata y de la tripulación del segundo Rey Pirata. Por tanto, un guerrero consumado y la mejor opción para recuperar al joven Harry Potter de un lugar tan peligroso como el Monte Colubo.

Pocos sabían sobre su pasado. Dumbledore era uno de ellos; después de todo, fue su empleador cuando finalmente llegó el momento de abandonar Laugh Tale. Brook no podía escuchar la Voz de Todas las Cosas como su capitán, pero sí que era capaz de escuchar el susurro de la Dama Muerte (ventajas de ser el usuario de una Fruta del Diablo relacionada con la muerte y sus misterios). Fue ella quien le instó a abandonar Laugh Tale tras mil años de espera, y fue ella quien le indicó que su destino y el de la tripulación del Sombrero de Paja se encontraba en Hogwarts.

Así que ahora estaba allí, en la Isla Dawn, siguiendo una de las lechuzas del colegio en busca del perdido Harry Potter. Era la primera vez que visitaba el Monte Colubo, el lugar donde su capitán vivió su infancia. Considerando lo que vio en su camino, entendía cómo era que se convirtió en un monstruo. ¡Ese lugar daba miedo!

Tras casi una hora de viaje abriéndose paso en la jungla, y acabando con cuanto animal salvaje se cruzó en su camino, llegó al pie de un inmenso árbol en medio de un claro. Allí había una destartalada casa de árbol y los rastros de una hoguera que seguramente se encendía a diario. Aunque lo que más le sorprendió fue otra cosa: sobre el techo de la casa, en una rama que hacía de asta-bandera, ondeaban dos orgullosas Jolly Roger.

La primera de ellas eran solamente dos tibias cruzadas con las letras ASL (en rojo, azul y amarillo respectivamente). La segunda, y la que más llamó su atención, era sin duda una versión mal dibujada (justo como lo haría el capitán) de la Jolly Roger de los Piratas del Sombrero de Paja.

Antes de que Brook pudiera hacer algo, una presencia inconfundible llenó el lugar. Luego, tras escuchar un chillido infantil, de pronto se encontró rodeado por los brazos de un niño que, entre sollozos de felicidad, lo llamaba por su nombre.

—¡Es increíble…! ¡De verdad estás aquí! —exclamó el niño.

—Yo soy el sorprendido —dijo el esqueleto—. Se suponía que debía encontrar a Harry Potter. ¿De verdad es usted, capitán?

—¡Shishishi!, ¿quién más podría ser?

El capitán tenía la misma aura de antaño, esa que invitaba a confiar en él, pese a lo cuestionables que parecían algunas de sus decisiones.

Tras ese momento de alegría espontánea, lo miró con curiosidad.

Brook era consciente de que se miraba diferente, y a la vez era el mismo. Es decir, se veía vivo, como si de nuevo hubiera carne sobre sus huesos, a diferencia de cómo seguramente el capitán lo recordaba.

Pero él no se había reencarnado, como aparentemente sí había hecho el capitán (¡y en Harry Potter ni más ni menos!). La Dama Muerte no se lo había llevado a él aquel día en Laugh Tale.

Gracias a un collar mágico que Albus creó para él, Brook se veía igual que cuando era un hombre en sus cincuenta años, antes de que la muerte descompusiera todo su cuerpo salvo su afro.

Aunque, dado que lo estaba abrazando, el capitán ya debía de haber notado que bajo el disfraz aún era solo huesos y afro.

—¡Yohohoho! —se rio—. Al parecer, y según mis fuentes, Harry Potter.

Luffy dejó de abrazarlo. Retrocedió dando un salto, y le dedicó una mirada llena de preguntas, ladeando la cabeza hacia un lado como un cachorro curioso. Lo cual solo hizo que la sonrisa del músico creciera más.

Brook reconoció su gesto de inmediato. La Voz estaba susurrando algo en el oído del capitán.

—¡Oh, cierto! —dijo el niño—. Ese es mi nombre ahora.

—Así parece —convino Brook.

El capitán arrugó el rostro de una manera muy peculiar.

—Pero yo soy Luffy… ¡Siempre seré Luffy! —concluyó, con una sonrisa que mostraba todos sus dientes.

—Aparentemente —estuvo de acuerdo el músico.

—Entonces, ¿me buscabas?

—Sí. Tengo un mensaje muy importante que entregarle.

Brook metió las manos en su bolsillo, rebuscando algo entre las muchas cosas que guardaba allí. Sacó su viejo violín, una flauta, su guitarra, varias partituras encuadernadas y unos cuantos diales de sonido. Ante lo anterior, Luffy únicamente pudo reír, al parecer encontrando todo tan divertido como el espectáculo de un payaso o de un mago de feria.

—¡Ah, aquí está! —dijo finalmente el músico, sacando un sobre de pergamino amarillento que Luffy pareció reconocer al instante.

Brook tuvo que agacharse para poder pasar la carta a Luffy. El minicaptán medía cerca de un tercio de la estatura del músico.

—¡No quiero ir a la escuela! —resopló el niño.

—¡Yohohoho! Pero esta no es una escuela ordinaria: es una escuela de magia. ¡La mejor escuela de magia de todo East Blue! Allí aprenderá a controlar su magia para convertirse en un gran mago. La magia es maravillosa: hace que todo quepa en mi bolsillo y que la gente no vea que solamente soy huesos.

—Pero yo no quiero ser un mago. ¡Soy un pirata! Entrenaré mucho, volveré a ser fuerte y, entonces, regresaré al océano y reuniré a toda la tripulación.

Brook no pudo evitar sonreír con nostalgia. Sí, definitivamente volver al océano era algo que él también anhelaba. Y si podía ser de nuevo con toda la tripulación, tanto mejor. Si el capitán ordenaba no volver a Hogwarts y en cambio hacerse a la mar, no podría resistirse a obedecer. Con el perdón de Albus y los Potter, como pirata, su deber principal era con su capitán.

Pero Dumbledore no era el único que quería al capitán en Hogwarts. La Dama Muerte había indicado hace mucho tiempo que su destino estaba allí. Y si le había permitido volver al capitán, ¿podría el resto de sus nakama también estar en camino bajo nuevas identidades?

—Ellos estarán allí —se aventuró a decir, aunque más que otra cosa era una corazonada (¡incluso si él no tiene corazón!).

Esto pareció llamar la atención del capitán. Su rostro se puso serio, y por un momento casi se podía ver el fantasma del sombrero de paja sobre su cabeza. Estaba escuchando a La Voz nuevamente. La Dama Muerte formaba parte de La Voz. Todo formaba parte de La Voz, y solo alguien atado a los designios del Destino, un verdadero D, podía escucharla.

—Sí, ellos estarán allí —dijo el capitán. Su rostro, una máscara de seriedad, como si estuviera a punto de ir a la batalla final contra otro capitán rival.

—¡Yohohoho! Entonces, ¡hay que cambiar su respuesta!

Brook le pasó el trozo de papel que había enviado con la lechuza días atrás. El capitán se apresuró a tachar su respuesta anterior, y con la misma letra desigual escribió su nueva respuesta:

 

siempre si quiero ir

 

gracias

 

Brook se apresuró a escribir él mismo un mensaje:

 

Estimado director:

 

Encontré a Harry. Lo llevaré a Loguetown por medios muggles. Estaremos allí a más tardar dentro de tres días. ¿Puede avisar a los Potter que nos veremos en el Callejón Diagon?

 

Muy cordialmente,

Brook Hanauta.

 

Llamó a la lechuza y ató rápidamente la nota en su pata, antes de despedirla.

—Bueno, capitán, tal vez desee empacar. Dudo que sea necesario volver aquí.

Luffy asintió.

—Pero primero, ¡es hora de comer! —gritó el capitán con alegría.

Su atención regresó al inmenso oso que cazó para la comida. Y en poco tiempo, capitán y músico, estaban preparándolo para la última comida de Luffy en el Monte Colubo.

 


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